18 lunes, feria de Adviento (Jr 23, 5-8) – El Señor es nuestra justicia

“Mirad que vienen días -oráculo del Señor- en que suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días estará a salvo Judá, e Israel vivirá en seguro. Y éste es el nombre con que te llamarán: «Señor, justicia nuestra». Por tanto, mirad que vienen días -oráculo del Señor- en que no se dirá más: «¡Por vida del Señor, que subió a los israelitas de Egipto!», sino: «¡Por vida del Señor, que subió y trajo la simiente de la casa de Israel de tierras del norte y de todas las tierras a donde los arrojara!», y habitarán en su propio suelo”

Amanece la justicia, clarea el derecho, despunta la verdad y se abre una mañana de libertad… Vienen los días del Reino nuevo que esperamos, un reinado de PAZ.

Gracias, María, por ofrecer tu tierra virgen para que germine en ella el Verbo de Dios, y crezca en ti, en el calor de tus entrañas, en el cariño de tu corazón… Tú das vida con tu vida a Él que es creador y Señor de todo, dador de todo bien… La Verdad y la Vida florecen en ti… “la simiente de la casa de Israel” crece en tu heredad, se enraíza en ti.

María, el “Dios con nosotros” lo está gracias a ti… Ha bajado a tus entrañas y Tú, abierta a Él y sus designios, te has dejado contagiar, empapar de la nueva visión de la realidad, de la nueva escala de valores: humildad, pobreza, obediencia… Él, dentro de ti, te habla por su Espíritu: “hago nuevas todas las cosas”. Él instaura un modo nuevo de vivir que está en el tejido de la creación nueva. La novedad de la manifestación de Dios, que se hace carne en ti, está en este modo nuevo de concebir la vida…

Súplica

María, necesito estar siempre a tu lado y recibir de ti la fuerza de la Vida que llevas dentro… Comunícame los frutos del Espíritu que ya maduran en ti, la sabiduría del Hijo que crece en ti… Deseo ser, como Tú, la tierra fecunda donde pueda germinar en mí, con fuerza, el Verbo de Dios, su Palabra, su Voluntad. Que Él habite en mí, que Él reine en todo mi ser con su prudencia y su justicia, y pueda yo ser heraldo de su Reino.

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3er domingo de Adviento (Is 61,1-2.10-11)

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, como novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos”

Esta palabra del profeta alcanza a María en lo íntimo de su ser, porque es allí donde toca la presencia del Espíritu de Dios en Ella, el Espíritu que la ha envuelto en su sombra haciéndola madre del Hijo de Dios.

San Ireneo, en una de sus luminosas afirmaciones, viene a decir que “el Espíritu Santo bajó y quedó en Jesús para acostumbrarse a estar en los hombres”. Esta consoladora afirmación vale para María, la Madre de Jesús, muchas veces invocada en la tradición cristiana como Esposa del Espíritu.

Antes que María pudiera contemplar la presencia y acción del Espíritu en la vida de Jesús, la realización de la profecía “dar la buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desgarrados…” y la acción tangible del Espíritu en momentos concretos de su existencia terrena, experimenta esta presencia en su ser… El Espíritu que unge al enviado de Dios, en palabra del profeta, vive en la joven nazarena por Él convertida en Madre… El Espíritu que la une para siempre a Dios, que le hace desbordar de gozo por la experiencia de ser privilegiada y amada por el Dios ÚNICO Padre, Hijo y Espíritu.

Súplica

María, otórgame la gracia de estar atenta a los toques del Espíritu y más… de abrirme totalmente a su presencia generadora de consolación, de luz, de fuerza, de paz… Haz que acoja sus dones y los ponga al servicio de mis hermanos los más necesitados.

2º sábado de Adviento (Eclo 48, 1-4.9 -11) – Dios cumple sus promesas

“Entonces surgió el profeta Elías como un fuego, su palabra quemaba como antorcha. Él hizo venir sobre ellos el hambre, y con su celo los diezmó. Por la palabra del Señor cerró los cielos, e hizo también caer fuego tres veces. ¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos!, ¿quién puede gloriarse de ser como tú?… que fuiste arrebatado en un torbellino de fuego, en un carro de caballos de fuego; que fuiste designado para censurar los tiempos futuros, para aplacar la ira antes de que estallara, para reconciliar a los padres con los hijos, y restablecer las tribus de Jacob. Dichosos los que te vieron y se durmieron en el amor, porque también nosotros viviremos”

Elías es representante de la antigua alianza, celoso del cumplimiento de la Ley, profeta por excelencia, de valentía incomparable y fe inquebrantable en el Señor… Como Tú, María, él se fió plenamente de la Palabra divina y obró conforme a la misión que por Dios le fue encomendada: denunciar injusticias y anunciar salvación.

En Juan el Bautista se cumple el retorno profético de Elías, venir por delante del Mesías, venir como profeta de la nueva alianza, mensajero de reconciliación y paz, urgirnos a preparar los caminos del Dios AMOR que, en Jesús, viene a traernos la Salvación.

La lectura de este pasaje del Eclesiástico me quema dentro “como antorcha” y me urge a mirar más allá de mí misma, ampliar los horizontes del mundo que me rodea, fijar mi mirada en Dios y dejarme hacer por Él, dejarme conducir por su Palabra, ser cauce de su salvación que alcanza a todos… Nada tengo que hacer, sino dejar que Él sea en mí y vivir en Él.

Súplica

María, enséñame y ayúdame a ser portadora de alegría y libertad, de reconciliación y paz… en medio de este mundo en el que me toca vivir, tan “apartado” muchas veces de la Ley y del AMOR. Regálame algo de tu lealtad, tu valentía para censurar lo que no es de Dios y restablecer los caminos que llevan hasta Él…

María “¡feliz porque has creído!”… Arraiga en mi corazón la certeza de que todas las promesas de Dios se cumplen en el Hijo que Tú llevas dentro.

2º viernes de Adviento (Is 48, 17-19) – El destino de Israel

“Acercaos a mí y escuchad esto: «Desde el principio no he hablado en oculto, desde que sucedió estoy yo allí. Y ahora el Señor me envía con su espíritu». Así dice el Señor, tu redentor, el Santo de Israel. «Yo, el Señor, tu Dios, te instruyo en lo que es provechoso y te marco el camino por donde debes ir. ¡Si hubieras atendido a mis mandatos, tu dicha habría sido como un río y tu victoria como las olas del mar! ¡Tu raza sería como la arena, los salidos de ti como sus granos! ¡Nunca habría sido arrancado ni borrado de mi presencia su nombre!»”

Tiempo propicio es éste de Adviento para acercarme y escuchar, abrir el corazón y prestar atención, porque Dios mismo está en camino para marcar la senda por donde debo ir… Y Tú, María, me lo recuerdas con las palabras del profeta… Tú, que eternamente vives en Dios y para Él, me dices: “desde que sucedió estoy yo allí…”

Tú, María, que te has dejado instruir por Dios, que haces tuya la Palabra que se hace carne en ti, ponme junto a tu Hijo, en tus entrañas, abrázame con Él y enséñame lo que es para mí provechoso, acompaña Tú mi caminar.

Súplica

María, haz que yo grabe esta palabra profética que escucho de tus labios, dicha para mí… “¡Si hubieras atendido a mis mandatos, tu dicha habría sido como un río y tu victoria como las olas del mar!” Quiero comprender que solo me hace dichosa el vivir en conformidad con el querer de Dios, apoyada en su fidelidad, en su amor que permanece siempre… Él es mi redentor y mi Dios… El sentido de mi existencia es permanecer en su presencia, permanecer en Él, como Tú y contigo.

María, contágiame tu pertenencia a Dios… Necesito vivir en su presencia y tener los ojos fijos en Él… ver su voluntad en lo grande y en lo pequeño… caminar humildemente con mi Dios.

2º jueves de Adviento. (Is 41, 13-20) – Dios está con Israel

“Porque yo, el Señor tu Dios, te tengo asido por la diestra. Soy yo quien te digo: «No temas, yo te ayudo». No temas, gusano de Jacob, gente de Israel: yo te ayudo -oráculo del Señor-, y tu redentor es el Santo de Israel. He aquí que te he convertido en trillo nuevo, de dientes dobles. Triturarás los montes y los desmenuzarás, y los cerros convertirás en tamo. Los beldarás, y el viento se los llevará, y una ráfaga los dispersará. Y tú te regocijarás en el Señor, en el Santo de Israel te gloriarás. Los humildes y los pobres buscan agua, pero no hay nada. La lengua se les secó de sed. Yo, el Señor, les responderé. Yo, Dios de Israel, no los desampararé. Abriré sobre los calveros arroyos y en medio de las barrancas manantiales. Convertiré el desierto en lagunas y la tierra árida en hontanar de aguas. Pondré en el desierto cedros, acacias, arrayanes y olivares. Pondré en la estepa el enebro, el olmo y el ciprés a una, de modo que todos vean y sepan, adviertan y consideren que la mano del Señor ha hecho eso, el Santo de Israel lo ha creado”

María, fija en mi corazón la seguridad y el gozo que me proporciona la palabra del Profeta: “Yo, el Señor tu Dios, te tengo asido por la diestra… No temas, yo te ayudo”… Él en persona viene hacia mí, para ayudarme, convertirme en instrumento de su Reino, en “trillo nuevo”. Tú lo vives así, María; Tú eres la mujer nueva, mujer pobre y humilde… y yo quiero ser cómo Tú. Ayúdame a repetirme a mí misma: “Dios mismo me ayuda”… pues sé que sin Él nada bueno podré alcanzar.

Súplica

María, me hace bien contemplarte como manantial y arroyo de vida, un “hontanar de aguas”… portadora del agua de VIDA que es Jesús, el Niño que llevas en tus entrañas y que nos trae gloria y regocijo. Necesito que me ayudes a creer, con el corazón caldeado por su presencia en mí, que Él está, que contempla con misericordia y amor los caminos de nuestra compleja historia, que ilumina con su misterio el misterio de la Humanidad… Él, el Dios fiel, no nos desampara, no nos deja solos. Él es la LUZ y nos da la paz… Él es la VERDAD que nos hace libres… Deseo “que todos vean y sepan, adviertan y consideren” que Dios hace todo esto por el gran amor que nos tiene.

2º miércoles de Adviento (Is 40, 25-31) – La grandeza divina

“«¿Con quién me asemejaréis y seré igualado?», dice el Santo. «Alzad a lo alto los ojos y ved: ¿quién ha hecho esto? El que hace salir por orden al ejército celeste, y a cada estrella por su nombre llama. Gracias a su esfuerzo y al vigor de su energía, no falta ni una». ¿Por qué dices, Jacob, y hablas, Israel: «Oculto está mi camino para el Señor, y a Dios se le pasa mi derecho»? ¿Es que no lo sabías? ¿O es que no lo has oído? Dios eterno, creador de la tierra hasta sus bordes, no se cansa ni se fatiga; imposible escrutar su inteligencia. Que al cansado da vigor, y al que no tiene fuerzas la energía le acrecienta. Los jóvenes se cansan, se fatigan, los valientes tropiezan y vacilan, mientras que a los que esperan en el Señor Él les renovará el vigor, subirán con alas como de águilas, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse”

María, que guarda la Palabra en su corazón, me ofrece sus vivencias de la profecía de Isaías… Me hace partícipe de su certeza, de su fe en la presencia y en el poder de Dios, el Dios a quien pertenece, y me invita a no dudar, a fiarme de Él plenamente, aun en los caminos oscuros y en la noche de los sentimientos, en mis sufrimientos o inquietudes, en mis interrogantes, sabiendo que nada está oculto al Señor, que mi Dios lo sabe todo, que Él es “el Santo”, a quien nadie se puede igualar…

María, Tú vives la presencia del Dios eterno que no se cansa ni se fatiga, y quieres que yo también encuentre mi felicidad en tu Dios, que es mi Dios, presente siempre… que no se cansa de estar conmigo, de amarme, de llamarme por mi nombre… que no se fatiga al llevarme en sus hombros o al tirar de mí cuando no puedo o me resisto a seguir sus pasos. Tú, María, me invitas a esperar en Él, porque yo puedo cansarme, fatigarme, tropezar o vacilar… pero, si espero en Él, renovará mis fuerzas, me dará alas como de águila, me hará correr sin cansarme, marchar sin fatigarme.

Súplica

María, introdúceme en la contemplación del misterio de un Dios que tanto nos ama hasta hacer posible que su divinidad, su grandeza incomparable, se “esconda” en tu seno, se someta a las leyes de la naturaleza humana para ser uno de tantos, y crecer en una existencia normal… vulnerable a todo menos al pecado… Enséñame a esperar siempre en Él.

2º martes de Adviento (Is 40, 1-11) – Anuncio de la liberación

“Consolad, consolad a mi pueblo -dice vuestro Dios-. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa, pues ha recibido de mano del Señor castigo doble por todos sus pecados. Una voz clama: «En el desierto abrid camino al Señor, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria del Señor, y toda criatura a una la verá. Pues la boca del Señor ha hablado». Una voz dice: «¡Grita!» Y digo: «¿Qué he de gritar?» -«Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo. La flor se marchita, se seca la hierba, en cuanto le dé el viento del Señor (pues, cierto, hierba es el pueblo). La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece por siempre». Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: «Ahí está vuestro Dios». Ahí viene el Señor, y su brazo lo sojuzga todo. Ved que su salario le acompaña, y su paga le precede. Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas”

María, en ti se ha hecho realidad la palabra profética, en ti “está nuestro Dios”. Tú sola, en el silencio de tu casa de Nazaret gustas la presencia del Verbo de Dios hecho carne en ti… El Verbo ha venido a ti y desde ti consuela a su pueblo… Te urge a salir de ti para ir al encuentro de quien te necesita… Te hace alzar la voz desde lo alto y clamar sin miedo, proclamar con alegría, la buena noticia de Salvación, porque, con el anonadamiento del Hijo de Dios, ya nuestros crímenes están pagados. Tú gritas con fuerza que Dios nos ama, “que Dios permanece por siempre” y su misericordia llega a sus fieles…

María, tu humildad es la cuna del Verbo… Tú me dices: “aquí está tu Dios”, en mí está tu Dios hecho carne… Grita a todos esta buena noticia. Di al mundo que ese Dios que yo llevo en mí, es el Dios de la mansedumbre, el Dios de la humildad, del servicio, el Dios que cuida de ti, que te lleva en brazos como a un cordero, que no quiere que ninguno de los pequeños se pierda.

Súplica

María, contágiame algo de tu humildad… Que mis valles se eleven, mis montes y colinas se rebajen, para que yo pueda acoger la gloria de Dios que se manifiesta en la debilidad de un Niño, para que yo pueda acoger la Palabra de Dios y dejarme pastorear por Él… Enséñame a consolar, a hablar al corazón de los demás como “alegre mensajero” de la presencia de Dios en medio del mundo.

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