Un corazón que espera respuesta…

corazón que espera respuesta…

“Entró en Jericó y la fue atravesando,cuando un hombre llamado Zaqueo, jefe de recaudadores y muy rico, intentaba ver quién era Jesús; pero a causa del gentío, no lo conseguía, porque era bajo de estatura. Se adelantó de una carrera y se subió a un sicómoro para verlo, pues iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó al sitio, alzó la vista y le dijo: «Zaqueo, baja aprisa, pues hoy tengo que hospedarme en tu casa». samaritana 30 Bajó a toda prisa y lo recibió muy contento. Al verlo, murmuraban todos porque entraba a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y a quien haya defraudado le restituyo cuatro veces más». Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán. Porque este Hombre vino a buscar y salvar lo perdido»(Lc 19,1-10)

Si llegáramos a descubrirnos amados por Dios y a persuadirnos de ello; si consiguiéramos descubrir este amor también en las que parecen situaciones difíciles, si consiguiéramos decir: “Dios me ama, Jesús me ama”, creyendo realmente en lo que decimos, experimentando la verdad de estos sentimientos, habríamos descubierto el significado y sentido de la vida y del dolor, habríamos descubierto que la verdadera felicidad en nuestra vida es responder a la oferta de este amor.

La devoción al Corazón de Jesús es una ayuda valiosísima, una guía segura en este descubrimiento…

En aquel corazón abierto Jesús y el Padre nos han dado la respuesta a la dificultad que tenemos de creer en su amor. La atmósfera materialista que respiramos, todo lo que vemos, leemos, escuchamos… las debilidades de nuestro corazón, nuestros pecados, las contrariedades, el dolor, el dolor inocente, las injusticias, nuestras oraciones aparentemente no escuchadas… todo esto nos hace difícil creer en el amor de Dios. Sale a nuestro encuentro entonces el corazón abierto de Jesús que nos dice cómo es imposible dudar del amor de quien abre su corazón a cada hombre. Él nos llama a fiarnos de Él, aun cuando no comprendamos bien su silencio, su aparente lejanía, su modo de conducir las cosas del mundo. El Crucificado nos dice a cada uno: “Te puedes fiar de mí, de mi amor”…

En su mismo corazón herido Jesús nos invita a encontrar nuestra respuesta a su amor. Ante esta muestra de amor no cabe más que un sincero deseo y un cotidiano esfuerzo de conversión. San Ignacio nos diría: “¿qué hago por Cristo, qué debo hacer por Cristo?”… Unirnos a Jesús que se ofrece al Padre especialmente en el sacrificio eucarístico, ofreciéndonos a nosotros mismos con Él; ofrecer, con el mismo amor con que Jesús lo vivió, alegrías, gozos, fatigas, sufrimientos, el cumplimiento de los propios deberes, lo que en lo cotidiano se presenta de bueno o menos bueno… dar a conocer el amor de Jesús a las personas que nos rodean, testimoniar el amor para reparar los pecados contra el amor de Jesús y del prójimo; ofrecer al corazón de Jesús de modo particular aquella reparación que Él ha pedido como prueba de amor y de participación viva en su Pasión, la que Él continua sufriendo en sus miembros… Para ello necesitamos dejarnos alcanzar por el amor que Jesús nos manifiesta y dejarnos ayudar por Él a aprender a amar como Él ama…

“Cristo es la puerta. Por ti ha sido abierta, cuando su costado fue atravesado por la lanza. Recuerda lo que de allí brotó y escoge por donde debes entrar” (San Ambrosio).

 

 

 

 

 

Un corazón que infunde confianza…

samaritana 29“Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo –Bartimeo, un mendigo ciego– estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! Él te llama». Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. Jesús lepreguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino” (Mc 10,46-52)

La oración al Corazón de Jesús que ha recorrido el mundo y es conocida por todos los cristianos: “Corazón de Jesús en ti confío”… es una plegaria de las “rápidas” que como una flecha llega al Señor… Por eso se llama “jaculatoria”. Es una plegaria que expresa el espíritu de confianza de quien hace experiencia del misterio de amor del Corazón de Dios y en ese espíritu quiere permanecer…

Es una plegaria sencilla que sintetiza la experiencia de quien llega a encontrarse con el Corazón de Dios, percibe en la práctica su bondad y ternura y así confía plenamente en Él…

No es una plegaria para personas débiles, resignadas a todo e inclinadas a una actitud de pasividad… Se entiende, si se penetra bien en el verdadero espíritu de confianza… La confianza habla de una apertura lenta y constante a la presencia operativa de Dios en un corazón, para que, despojado de los propios “ídolos” y seguridades, pueda consolidarse en la obra amorosa que Dios mismo realiza en él… Es un camino de amor que va haciéndose, en el arraigo de la confianza en Él… Así se van sanando las heridas que la desconfianza generalizada en muchos ámbitos de la vida social, profesional, familiar, va creando… No podemos olvidar las palabras del Papa Benedicto XVI que decía encontrar la raíz de la actual crisis que asola el mundo en la desconfianza… Ciertamente a veces parece que el veneno de la desconfianza nos amenace de continuo y destruya la expansión de la que tenemos necesidad… Sin embargo, pese a todo esto, en una relación viva con el Corazón de Cristo, caemos en la cuenta que muchas de nuestras expectativas estaban puestas en cosas que no podían ser objeto de nuestros ideales y que tenían que caer, para hacer espacio pleno y total al Corazón de Cristo, al que poco a poco entregamos las riendas de nuestra existencia

El apóstol del Sagrado Corazón, Padre Claudio de la Colombiére, tiene una plegaria preciosa que expresa su total confianza en el Señor… una confianza radical… “Mi Señor y mi Dios, estoy tan convenido que Tú te preocupas de todos aquellos que esperan en Ti y que nada puede faltar a los que todo lo esperan de Ti, que he decidido, en el porvenir, de vivir sin alguna preocupación y de dejar en Ti toda mi inquietud… Mi Dios, estoy íntimamente persuadido de que nunca será demasiada la confianza que tengo en Ti y que, lo que obtendré de Ti, será siempre mucho más que lo que yo habré esperado”.

Son palabras preciosas que responden de hecho a una realidad de vida… Son palabras que reflejan el tejido de la existencia de este apóstol del Corazón de Jesús que, pese a dificultades de todo tipo: enfermedades, persecuciones… no dejó nunca de confiar total y absolutamente en el Corazón de Cristo.

La confianza absoluta en el Corazón de Cristo es fuente de paz, de serenidad, porque es la más bella respuesta de amor que podemos dar a Aquel que nos ha amado primero.

“Corazón de Jesús me fio de Ti, confío en Ti, me confío a Ti”…

 

Un Corazón que invita a “DEJARSE AMAR”…

“Dicho esto, Jesús se estremeció por dentro y declaró: «Os aseguro que uno de vosotros me entregará». samaritana 28Los discípulos se miraban unos a otros sin saber por quién lo decía. Uno de los discípulos, el predilecto de Jesús, estaba reclinado a su derecha. Simón Pedro le hace un gesto y le dice: «Averigua a quién se refiere». Él inclinándose hacia el costado de Jesús le dijo: «Señor, ¿quién es?» (Jn 13,21-25)

La historia evangélica no es sólo narración de hechos pasados, desde hace más de dos mil años, relacionados con Jesús. Es historia de hoy relacionada con el Jesús que vive en nuestra cotidianeidad. Aún hoy puede haber creyentes que, como Juan, reclinan su cabeza sobre el pecho de Jesús, viviendo una comunión de vida con Él.

Los hechos se repiten…

Aquella lejana noche de jueves santo había atmosfera de agitación y tensión alrededor de Jesús en la última cena… El Maestro había querido lavar los pies a sus apóstoles como para abrirlos a una perspectiva de ministerio en el amor que, por su medio, alcanzaría a todos los otros. Estos apóstoles, aún en el aturdimiento, habían participado en la Eucaristía, realidad que los había puesto en una relación nueva, singular con Jesús y que aún no entendían bien.

Vino luego el momento del anuncio de la traición. Juan, solicitado por Pedro, preguntó al Maestro, reclinando su cabeza sobre su pecho, quién era el traidor. Jesús lo señaló… pero al parecer pocos entendieron. Mientras, en la agitación, Juan permanecía en aquella actitud de abandono, como de adoración, con la cabeza en el pecho de Jesús… Así queda, como el símbolo vivo de cuantos se han dejado raptar por Dios y no han dejado más aquella singular cercanía de amor a Su Corazón, a la vez que otros quedan presos y envueltos en lo suyo…

Juan es el discípulo que ha entendido cual es la parte mejor… Es el discípulo amado de Jesús, el único que será capaz de permanecer junto a la Cruz, a quien Jesús confía su tesoro, su Madre, para que él la cuide y sobre todo para que Ella haga con él y con todos los hombres el papel que ha hecho con Él mismo…

¿Qué ha hecho el discípulo amado para recibir la predilección de Jesús?… Que sepamos nada de especial… Quizás, y es lo más importante, ha entendido que todo es “gratuito”, que lo esencial en el amor es “dejarse amar”…

Contemplando al discípulo amado podemos entender mejor que la verdad básica, fundamental, radical de nuestra vida es que somos amados por Dios, en Jesús. Éste es el punto desde donde tenemos que partir siempre, sin dudar nunca, y el punto al que volver siempre… Todo lo que podemos hacer por Jesús será siempre consecuencia del hecho que Él nos ha elegido y amado primero, antes que cualquier merito o acción nuestra… Su amor, su elección, son la primacía en nuestra vida. Esta es la certeza fundamental…

Nuestra definición esencial, que sostiene toda nuestra existencia es que somos aquellos a quienes Jesús ama: de esta verdad tenemos que alimentar nuestra vida. Jesús nos ama y no nos abandona nunca. Su fidelidad no fallará pese a nuestra infidelidad…

Dejemos que este amor corra como savia por nuestra existencia, sin poner trabas de ningún tipo…

“Dejarse amar”: es el reto que nos queda, después de haber dedicado algunos momentos al día, en este mes, a la contemplación del Corazón de Jesús, de Aquel de quien cada uno de nosotros puede decir “me amó y se entregó por mi” (Ga 2,20)

Testimoniar y hacer conocer su amor es nuestra respuesta a SU AMOR…

 

MIRARÁN AL QUE TRASPASARON…

Hoy, fiesta del Sagrado Corazón, recordamos la palabra del evangelio de San Juan, retomada de una profecía: “Mirarán al que traspasaron” (Za 12,10)

samaritana 27a“En el culto al Corazón de Cristo ha tomado fuerza esta palabra profética… «Mirarán»… Es una mirada contemplativa que intenta penetrar en la intimidad de los sentimientos de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. En este culto el creyente confirma y profundiza la acogida del misterio de la Encarnación, que ha hecho al Verbo solidario con los hombres… A la vez, la devoción al Corazón de Cristo lleva a profundizar el misterio de la Redención, para descubrir en él todo el amor que ha animado su sacrificio de salvación” (S. Juan Pablo II).

La escena de la lanzada, que Juan describe en su evangelio, es como el colofón de la vida de Jesús… Jesús ha dado todo… ha entregado al Espíritu… ha muerto… Sin embargo falta algo más… Muerto aún tiene algo más que decir… nos habla con la voz de de la sangre y del agua que saltan del corazón traspasado…

La voz de la sangre

La lanzada traspasó el costado de Jesús muerto… La sangre que salta es el signo supremo de la expiación. Jesús inmóvil, clavado, desangrado, ya muerto, sufre la suprema injuria y realiza la suprema entrega. El golpe llegó directo al corazón, puesto que se quería y debía asegurar la muerte de Jesús, e hizo brotar sangre y agua.

Si la lanzada contra el crucificado representa la gravedad del pecado, y de cada uno de nuestros pecados, es el amor misericordioso que hace de ello una fuente inagotable de expiación.

Dios se ha hecho vulnerable en Cristo, ha querido sentir en su corazón la amargura de la ofensa, ha permitido que los hombre llegasen hasta extraerle las últimas gotas de sangre que le quedaban, para demostrarnos que su amor es más fuerte, que su amor es el vencedor de la iniquidad humana.

En realidad esta última sangre nos grita que, después de haber dado todo, queda abierta la fuente de la misericordia, el refugio de salvación, una puerta de amor que nadie nunca podrá nunca cerrar.

Proclama que así, crucificado, muerto, Jesús es la suprema salvación para aquellos que vuelvan a Él la mirada, haciendo propia su expiación.

La voz del agua

Las gotas de agua nos hablan del agua viva del Espíritu Santo, el agua vida de la gracia…

El anuncio del agua recorre todo el Antiguo Testamento. Jesús retoma esta figura del agua y la promete a la samaritana, al pueblo en la fiesta de las tiendas (cf. Jn 7,37-39), y hace realidad su significado con el envío del Espíritu Santo prometido y dado a todos aquellos que creen en Cristo.

De hecho el agua vertida en el bautismo es el signo del Espíritu dado, que regenera y da la vida de la gracia.

De la herida de su costado fluyó sangre y agua, símbolo de los sacramentos de la Iglesia y símbolo del admirable sacramento de Iglesia, nacida del costado de Cristo muerto en la cruz.

 

 

UN CORAZÓN MANSO Y HUMILDE…

“Acudid a mí, los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y os sentiréis aliviados. Porque mi yugo es blando y mi carga es ligera” (Mt 11,28-30)

Muchas veces ha resonado en nuestro corazón, o en nuestros oídos por lo menos, esta invitación tan explícita de Jesús al aprendizaje de algo suyo… Diría que es la única tan clara y directa… Es que se trata aquí no sólo de conformarnos con una virtud, sino de asumirnos la misión del reino de amor de su Corazón, contra el despertar y estallar de tantas violencias…

La humildad y la mansedumbre son como el tejido de la existencia terrena de Jesús. Jesús siempre ha querido realizar en nosotros una presencia tenaz de amor, que fuera el antídoto al movimiento persistente de la violencia… samaritana26Llegó a nosotros como niño manso y humilde, y sufrió desde su cuna la violencia de un rey que se sentía amenazado. A lo largo de su vida muchos se le opusieron con la violencia de las palabras, ofensas… pero Él respondió siempre con humildad, a la vez que con dignidad. Aceptó morir crucificado para indicar que sólo pagando con la propia vida se responde cristianamente a la fuerza de la violencia… Y proclamó su programa de “violencia en el amor” con sus bienaventuranzas evangélicas… Con ellas quiso constituirse antídoto a la violencia que de una manera u otra oprime a la humanidad.

La mansedumbre es una irradiación de la caridad sobrenatural… “Pertenece a aquellas virtudes que pueden florecer en nosotros sólo en el fundamento de la revelación. Presupone también que sabemos como Dios, el Señor todo poderoso, creador de cielo y tierra, sea Él mismo amor, y que no esté destinada a la victoria definitiva la energía natural, ni el poder, sino la humildad y la mansedumbre de corazón… «Derrocó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes»”. Dios no redimió al mundo con la fuerza sino con la muerte en cruz del hombre-Dios, y Jesucristo no nos ha pedido defender su verdad en el mundo con el fuego y la espada, sino de anunciarla como prisioneros de su amor. La base ética desde donde tenemos que vencer al mundo es la caridad humilde y dulce” (Dietrich von Hildebrand)

Jesús pone, en la humildad y mansedumbre, el alivio a nuestro cansancio y a nuestras cruces… Su cruz es ligera… Su cruz es la nuestra porque Él la ha hecho suya… Y por eso nuestra cruz se hace ligera cuando la sentimos integrada en la suya, cuando percibimos y creemos que Él no sólo la lleva con nosotros, sino que Él lleva el peso mayor porque toma sobre sí nuestros límites, fracasos, angustias, dolor…

 

 

 

Un corazón que espera una respuesta de amor…

“Yendo Él de camino hacia Jerusalén, atravesaba Galilea y Samaría. Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, que se pararon a cierta distanciay, alzando la voz, dijeron: «Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros». Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Mientras iban, quedaron sanos. Uno de ellos, viéndose sano, volvió glorificando a Dios en voz alta, y cayó de bruces a sus pies dándole gracias. Era samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No se sanaron los diez? ¿Y los otros nueve dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios, sino este extranjero?» Y le dijo:« Levántate y ve, tu fe te ha salvado» (Lc 17,11-19)

samaritana 25“Seis días antes de la Pascua Jesús fue a Betania, dondeestaba Lázaro, al que había resucitado de la muerte. Le ofrecieron un banquete. Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María tomó una libra de perfume de nardo puro, muy costoso, ungió con ello los pies a Jesús y se los enjugó con los cabellos. La casa se llenó del olor del perfume. Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: «¿Por qué no han vendido ese perfume en trescientos denarios para repartirlos a los pobres?» Lo decía no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón; y, como llevaba la bolsa, sustraía de lo que ponían en ella. Jesús contestó: «Déjala que lo guarde para el día de mi sepultura. A los pobres los tendréis siempre entre vosotros, pero a mí no siempre me tendréis»”(Jn 12,1-8)

La primera respuesta que podemos darle y es la que desea su corazón. Es la de una fe gozosa y agradecida en su amor por nosotros, en su corazón inmensamente generoso; fe en las pruebas que nos ha dado con su entrega por nuestra salvación. Su Cruz es el mayor testimonio de amor, un testimonio vivo y actual… Sus brazos extendidos abiertos sobre el mundo, siguen hablando silenciosamente de su amor, su sangre sigue derramándose… porque su acto de amor no se ciñe en el tiempo, tiene dimensiones de eternidad. Esta mirada de fe y de amor, este dejarnos lavar por El, nos abre la puerta de su corazón… Nuestra fe crece con el agradecimiento. Y nuestro corazón necesita agradecer…

El Evangelio nos dice que Jesús no es insensible a nuestro comportamiento en la relación con Él. Recordamos su queja porque de los diez leprosos curados, sólo uno fue a darle gracias; su suave reproche al fariseo que no le ha dado agua para sus pies, ni el beso de saludo ni el perfume propio del huésped; la ternura con que subraya la actitud de la pecadora arrepentida que ha lavado los pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos y ungidos de perfume; con cuanta gratitud acepta el perfume de María de Betania…

El amor de Jesús es un amor profundamente humano, porque nace de un corazón de hombre… En sus gestos, sentimientos, se manifiestan las leyes del amor humano; el amor quiere ser amado, advierte la delicadeza de un gesto, de una mirada, la generosidad de un don. No mira tanto lo que se da sino el amor con que se da. Así nuestras acciones, pensamientos, sentimientos, intenciones, pequeños sacrificio, fatigas, trabajo, relaciones, oración, todo en nosotros puede ser una respuesta a este amor de Jesús si se vive desde la amistad con El.

Jesús nos quiere semejantes a Él, vitalmente unidos a Él, por eso se hizo semejante a nosotros, se entregó por nosotros… Así, por la fe, los sacramentos y la acción de su Espíritu en nosotros nos comunica también todo lo suyo. Él es el Hijo de Dios y nos hace hijos adoptivos mediante la participación de su propia vida. Él es el sacerdote único, eterno… y nos hace participar de su sacerdocio así como de su ser víctima. Él es el enviado, el apóstol, el testimonio del Padre, y nos comunica esta misión suya, nos envía como apóstoles y testigos.

Ahora nos toca a nosotros desarropar, a lo largo de los días de nuestra vida, estos rasgos de nuestra semejanza con Cristo, intensificando nuestra unión con Él, por la gracia; dejando que Él, con nuestra cooperación, vaya destruyendo la fuerza de nuestras tendencias desordenadas…  samaritana 25 b¿Cómo? Creciendo en El con el ejercicio de la fe, de la esperanza, del amor, en la acogida de su palabra, mediante los sacramentos, viviendo los mismos deberes cotidianos en unión con Jesús, con su sacrificio, según la voluntad divina, según las mismas intenciones de su Corazón. Y es así que viviendo en Cristo y con Cristo, penetrados de su Espíritu de amor, seremos siempre más transformados a su semejanza, dejando que crezcan en nuestro corazón los mismos sentimientos del suyo y, en modo muy particular, su actitud filial hacia el Padre, el amor a los hermanos, la solidaridad con los más débiles, el celo apostólico… Se trata de vivir y amar con el corazón de Cristo.

 

 

 

Un Corazón que ama personalmente…

SAMARITANA24“Creed en Dios, creed también en mí” (Jn 14,1)

“No me habéis elegido vosotros” (Jn 15,16)

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo” (Jn 3,16)

“Mientras vivo en la carne vivo en la fe del hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20)  

Jesús nos lanza el desafío de la fe en Él… Pero no sólo en Él sino en el amor que Él nos tiene. La certeza de su amor es la verdad fundamental del cristianismo, la revelación más consoladora del Evangelio… Es la base misma y la esencia del culto al Corazón de Jesús que justo en este corazón nos hace ver el signo, el símbolo de todo su amor divino y humano.

Esta verdad de fe puede desencadenar interrogantes y hasta dudas, sobre todo si nos dejamos conducir por nuestra lógica humana tan lejos de la lógica de Dios que ama a fondo perdido, que no mira la miseria del hombre, ni su pecado, ni su darle la espalda para seguir amando.

Nuestra lógica nos lleva a cuestionar la verdad del amor personal de Dios. El “me amó y se entregó por mi”, de Pablo, nos descoloca.(Gal.2,20)

Sin embargo esto es lo que nos dice nuestra fe: El Padre, Jesús el Hijo, el Espíritu Santo nos aman, a cada uno en particular. Ama a cada uno porque quiere que cada uno llegue a ser hijo de Dios, participe de sus bienes en esta tierra y de la plenitud de amor y gozo en el cielo.

No debemos hacer un Dios a medida de nuestro pequeño corazón. Dios ama para comunicarse a sí mismo, para comunicar la riqueza de su amor, de su misericordia. La revelación que ha traído Jesús es ésta: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”… Jesús es el don del Padre a todo hombre, Jesús mismo, el Hijo que por amor se ha hecho como nosotros; que ha muerto por cada uno de nosotros… “me amó y se entregó por mí”, que cada día se deja comer para unirse a cada uno en particular, cuerpo, sangre, alma y divinidad; que habla de nosotros como de los sarmientos unidos a la vid. Nos asegura que ha venido para los pecadores, médico para los enfermos, buen pastor que conoce sus ovejas y llama a cada una por su nombre, busca afanosamente la perdida y hace gran fiesta cuando la encuentra; padre que olvida todo cuando puede estrechar contra su corazón al hijo que estaba perdido…

Cuando cada uno de nosotros llegue a vivir esta certeza del amor personal de Dios, de Jesús por él, su vida cambiará toda.

Hay un hecho que ayuda a llegar a esta certeza porque es expresión sensible de tanto amor: el costado roto de Cristo, su corazón abierto… Sintetiza, expresa todas las pruebas del amor del Padre que da, del Hijo que se da, del Espíritu Santo Amor que de aquel corazón abierto se nos ha dado, todas las gracias que manan de él.

Pero el corazón abierto es también una invitación a recorrer un camino: el camino para llegar a Él, a su intimidad… una invitación a la amistad más profunda, al intercambio del corazón y del amor. No podemos dudar: Jesús nos ama a cada uno, quiere nuestro amor personal. Su corazón permanece abierto y espera nuestra respuesta.

Jesús, colgado en la Cruz, con su costado traspasado , con razón nos puede repetir: “¡Mira, no te he amado de broma, no te he amado de palabra!”…

 

 

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