El olfato

De Jesús se dice que Dios “le ungió con Espíritu Santo y poder, que pasó haciendo el bien y curando a todos los que estaban dominados por el diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38). Que Jesús sea ungido de Dios significa que es el elegido de Dios y sellado por Dios con un aroma especial, divino… Los que entran en contacto con Él podrán oler entonces el perfuma de Cristo, un elixir sanador, reconfortante y reconstituyente.

El cristiano está llamado a la irradiación de ese olor de Cristo que tiene que impregnar su ser, a difundir la fragancia de Cristo Jesús, su conocimiento y su amor.

Nos asomamos a un pasaje evangélico que nos habla simbólicamente de una entrega total por amor…  el amor de Jesús que sólo entiende del todo quien se siente perdonado y amado incondicionalmente por Él y el amor de una mujer que responde con amor al amor recibido

“Cuando Jesús se encontraba en Betania, en casa de Simón el leproso, se acercó una mujer con un frasco de alabastro, que contenía un perfume valioso, y lo derramó sobre su cabeza, mientras él estaba comiendo. Al ver esto, sus discípulos, indignados, dijeron: «¿Para qué este derroche? Se hubiera podido vender el perfume a buen precio para repartir el dinero entre los pobres». Jesús se dio cuenta y les dijo: «¿Por qué molestan a esta mujer? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre. Al derramar este perfume sobre mi cuerpo, ella preparó mi sepultura. Les aseguro que allí donde se proclame esta Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo»” (Mt 26,6-13)

Este relato evangélico está cargado de misterio y envuelto en la ternura del amor… Una mujer “derrama” su perfume sobre el Maestro en un gesto que indica una profunda veneración por Él. En realidad es un derroche, pero en el momento que Jesús está viviendo adquiere una significación única… Está cercana su muerte y con ella su sepultura. Es el tiempo de la despedida de sus amigos, a los que ama tiernamente. Dentro de poco no habrá ninguna posibilidad de colmarle de gestos de amor, y Jesús así interpreta el gesto de la mujer, cuya hondura ella misma ni percibe ni intuye.

El cuerpo de Jesús será golpeado, maltratado… Antes que esto suceda una mano delicada puede hacer un obsequio a su cuerpo… Es una pequeña señal comparada con el oprobio de la pasión, pero una señal cargada de sentido porque nace del corazón de una mujer que ama mucho porque se le ha perdonado mucho… “en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo”.

La sencillez del signo será levantada hasta llegar a la grandeza, la discreción pasará a la publicidad… lo pequeño, hecho con amor, no se olvidará más… Cuando los discípulos le dejen solo, cuando los golpes de la flagelación alcancen su cuerpo, en el corazón dolorido del Maestro aflorará el recuerdo de este gesto de amor incomprendido por quienes no saben franquear los umbrales de la lógica y entrar en el mundo de lo “visible sólo para el corazón”.

Entra en la escena que te presenta el evangelio…Que no sea solo un acontecimiento pasado para ti…Sitúate en el lugar de la mujer… ¿Te das cuenta del amor que Jesús te tiene hasta el punto de entregarse por ti? ¿Qué has hecho por Jesús? ¿Cómo expresas tu agradecimiento a su amor incondicional?

Mira el video…”Escucha” las palabra, las imágenes”… ¿De que te hablan? ¿Te interpelan en algo?

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El tacto

Hemos hablado en varias ocasione del significado que  el autor de las reflexiones que nos guían da a  la expresión “dar sentidos al sentido”… Hemos visto cómo Jesús de Nazaret nos hace asequible y comprensible esta expresión con su vida… El sentido de la vida y misión de Jesús, Verbo encarnado del Padre, es la salvación de la humanidad, la salvación de la persona humana en toda su integridad… El cauce por el que el sentido de su misión llega a las personas que le rodean son los sentidos: es el toque de su mano que cura, es su mirada que sana el corazón, es su palabra que taladra la existencia de las personas…

En el comentario encontraréis el relato del milagro de una mujer enferma, que os invito a leer y saborear.

“… lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. Se encontraba allí una mujer que desde hacia doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré curada». Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de Él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién me ha tocado?». Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?». Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: «Ánimo hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad»”. (Mc 5,24-34)

En este relato no es Jesús quien toca… Es una mujer anónima que no quiere hacerse notar y que sólo carga con su dolor. ¿Es timidez, sensación de vergüenza?… Ella vence todo con su fe. Cree que sólo “tocando” el manto de Jesús se curará. Jesús pregunta a los discípulos “¿quién me ha tocado?” porque siente que una fuerza ha salido de Él… Cuando se toca a Jesús, de ÉL siempre sale algo: de su poder, de su amor… porque es el AMOR que se desprende de Él al sólo contacto con el dolor humano.

Aquí sólo se dice que Jesús se volvió y al verla le dijo estas palabras “sanadoras”: “Ánimo hija, tu fe te ha salvado”. No dice “sanado”, sino “salvado”, porque Jesús sana toda la persona, vuelve a dar vida dando fuerzas, alegría, conversión…

Te invito a situarte en el lugar de esta mujer… ¿Cuántas veces tocas el manto de Jesús “sin saber lo que haces”?… ¿Cuántas veces al recibir en ti a Jesús Eucaristía le puedes tocar no sólo el manto, sino su ser, su corazón… y pedirle, en el silencio de tu fe, que toque aquellas zonas de tu ser necesitadas de salvación…

Mira el video…”escucha” atentamente las reflexiones e imágenes que te ofrece…¿El toque de tu mano expresa ternura, paz, consuelo, animo…es expresión de los sentimientos positivos que llenan tu corazón?

LA VISTA

Antes de entrar en la reflexión sobre el sentido de la vista, nos acercamos a la palabra de Dios, que una vez más nos muestra como en la humanidad del Verbo encarnado todo es palabra-gesto-signo humano que revela lo divino. Toda la actividad sensorial de Jesús narra al Padre, pero no sólo eso, sino que nos lo na­rra como Padre que tiene un rostro, aunque misterioso, unos ojos que observan y protegen, unos oídos que escuchan el grito del pobre, unas manos que se hacen cargo, unas entra­ñas de madre, un corazón que se consume y se conmueve… No podríamos tener ninguna imagen del Padre sin la persona del Hijo y lo que sus sentidos humanos dejaron traslucir del misterio inefable del Eterno. Cada gesto de Jesús es un reflejo del amor del Padre por cada persona concreta…Aquí lo vemos en la curación del ciego narrada por Marcos. Todo el Evangelio de Marcos es un itinerario de fe, que se desarrolla gradualmente en el seguimiento de Jesús. Los discípulos son los primeros protagonistas de este paulatino descubrimiento, pero hay también otros personajes que desempeñan  un papel importante, y Bartimeo es uno de éstos. La suya es la última curación prodigiosa que Jesús realiza antes de su pasión, y no es casual que sea la de un ciego, es decir una persona que ha perdido la luz de sus ojos. Sabemos también por otros textos que en los evangelios la ceguera tiene un importante significado. Representa al hombre que tiene necesidad de la luz de Dios, la luz de la fe, para conocer verdaderamente la realidad y recorrer el camino de la vida. Es esencial reconocerse ciegos, necesitados de esta luz, de lo contrario se es ciego para siempre (Cf. Jn 9,39-41). “Llegaron a Jericó. Y cuando salía de allí con sus discípulos y un gentío considerable, Bartimeo, hijo de Timeo, un mendigo ciego, estaba sentado a la vera del camino Al oír que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, compadécete de mí!» Muchos lo reprendían para que se callase. Pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, compadécete de mí!» Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo». Llamaron al ciego diciéndole: «¡Ánimo, levántate, que te llama!» Él dejó el manto, se puso en pie y se acercó a Jesús. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres de mí?» Contestó el ciego: «Maestro, que recobre la vista». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». Al instante recobró la vista y lo seguía por el camino” (Mc 10,46-52) Bartimeo, pues, en este punto estratégico del relato de Marcos, está puesto como modelo. Él no es ciego de nacimiento, sino que ha perdido la vista. Es el hombre que ha perdido la luz y es consciente de ello, pero no ha perdido la esperanza, sabe percibir la posibilidad de un encuentro con Jesús y confía en Él para ser curado. En efecto, cuando siente que el Maestro pasa por el camino, grita: « ¡Hijo de David, compadécete de mí» (Mc 10,47), y lo repite con fuerza (v. 48). Y cuando Jesús lo llama y le pregunta qué quiere de Él, responde: «Maestro, que recobre la vista» (v. 51). Bartimeo representa al hombre que reconoce el propio mal y grita al Señor, con la confianza de ser curado. Su invocación, simple y sincera, es ejemplar, y de hecho –al igual que la del publicano en el templo: «Oh Dios, ten compasión de este pecador» (Lc 18,13) – ha entrado en la tradición de la oración cristiana. En el encuentro con Jesús, realizado con fe, Bartimeo recupera la luz que había perdido, y con ella la plenitud de la propia dignidad: se pone de pie y retoma el camino, que desde aquel momento tiene un guía, Jesús, y una ruta, la misma que Jesús recorre. El evangelista no nos dice nada más de Bartimeo, pero en él nos muestra quién es el discípulo: aquel que, con la luz de la fe, sigue a Jesús «por el camino» (v. 52). Ahora relee y piensa en el mensaje que te lanza la lectura del relato evangélico… ¿Dónde te colocas tú?… ¿Sabes gritar a Jesús en los momentos de “ceguera”?… ¿Tu oración nace de la fe verdadera en Jesús?… ¿Sabes despojarte del “manto”, de aquello que te impide correr para “dejarte curar” por Jesús?… ¿Sabes agradecer lo que recibes?…     Después pincha el video y míralo atentamente …Contempla las imagen…”Escucha” atentamente las reflexiones que ofrece el autor… Tus ojos son un regalo de Dios…Qué haces con tus miradas?…Sabes ir “ más allá de las cosas?”…Tus ojos transparentan la luz que hay dentro de ti?

El oido

La lectura de la palabra de Dios, como siempre, ilumina nuestras reflexiones y nos adentra en la comprensión de la grandeza del sentido, del que nos toca hablar hoy, partiendo de una acción de Jesús.

La dificultad de comunicarse trae como consecuencia inevitable la exclusión, la marginación, la soledad, el ostracismo. Jesús se hace cargo de esa situación. Él, que es la Palabra, sabe ponerse en el lugar del que no puede oír. Jesús se encuentra con un sordomudo, con alguien que “era sordo y que a duras penas podía hablar”.

“Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete». Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos»” (Mc 7,31-37)

San Ambrosio llama a este episodio -y su repetición en el rito bautismal- “el misterio de la apertura”: “Cristo ha celebrado este misterio en el Evangelio, como leemos, cuando curó al sordomudo”.

El relato evangélico tiene tres tiempos sucesivos: la descripción del sordomudo, los signos y los gestos de apertura, el milagro y sus consecuencias.

  1. La narración evangélica precisa ante todo el desaliento de este hombre en comunicarse. Es uno que no siente y se expresa con sonidos guturales. No sabe ni lo que quiere, porque es necesario que los otros lo lleven a Jesús. El caso es en sí desesperante (7,31-32).
  2. Jesús no realiza el milagro en seguida. Quiere ante todo entender lo que este hombre quiere, se interesa por su caso, desea curarle. Para ello lo separa de la multitud, del lugar del griterío y de las cosas milagrosas. Lo lleva aparte, y con signos y símbolos le indica lo que va a hacer: le introduce los dedos en los oídos para abrir los canales de la comunicación, le unge la lengua con saliva para comunicarle su soltura. Son signos corpóreos que parecen chocantes.

Pero, ¿cómo comunicar con quien está encerrado en su propio mundo y en su propia inercia? ¿Cómo expresar el amor a quien está bloqueado en sí mismo, si no es con algún signo físico? Jesús comienza sanando el oído. La curación de la lengua viene después. A estos signos añade Jesús la mirada hacia lo alto y un suspiro que indica su sufrimiento y su participación ante esta dolorosa condición humana.

Sigue la orden “EFFATA” (7,34). Es lo que la liturgia dice antes del Bautismo de los adultos: el celebrante, tocando la oreja derecha e izquierda de los elegidos y con la boca cerrada, dice: EFFATA, para que pueda profesar la fe, la alabanza y la gloria de Dios.

  1. A continuación de la orden de Jesús se le abrieron los oídos, se le desata la lengua y hablaba correctamente. Esta capacidad de expresarse llega a ser contagiosa y comunicativa: “les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban”. La barrera de la comunicación ha caído, la palabra se extiende como el agua que ha roto las barreras del dique. El estupor y la alegría se difunden por los valles y las ciudades de Galilea: “ y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos»” (7,35-37). A este hombre, que no sabe comunicar, Jesús lo lanza hasta el vértice alegre de una comunicación auténtica. Por eso podemos leer la parábola a la luz de nuestra comunicación interpersonal, social, tan llena de dificultades.

Nos abrimos a la palabra de Dios y dejamos que nos lea, que nos haga caer en la cuenta de nuestras propias dificultades comunicativas…

Dejamos que Jesús nos toque y nos cure, y evangelice nuestra comunicación.

Mira el video…Contempla las imágenes…Escucha las reflexiones que nos ofrece el autor que nos acompaña en este camino…

¿Qué crees que necesitas para saber escuchar?

¿Tú escuchas?

Formación de los sentidos

Queremos aprender a recorrer un viaje a nuestro interior… Esto puede sonar a pretensión… puede que lo sea… pero en la vida una pizca de utopía viene bien siempre. Sencillamente deseamos ofrecer un  camino que vaya conduciendo poco a poco hacia el conocimiento de la propia realidad, esa riquísima realidad que ha salido de las manos de Dios y que Él va mimando cada día… Pues podemos correr el riesgo de andar por la vida sin conocernos, ni amarnos, a expensas de lo que los demás piensan de nosotros o de hacer depender nuestro bienestar de lo que los demás nos quieran dar.

Como siempre enmarcamos el tema  en dos pasajes de la Palabra de Dios, una del Nuevo y otra del Antiguo Testamento… Es bueno leerlo detenidamente y “ESCUCHAR” lo que dicen a cada uno “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6 1-6)

En el pasaje de Mateo, Jesús hace una invitación a no realizar nada -habla de limosna y oración- a la vista de los hombres; y bien, cuatro veces dice: “en lo secreto…” Lo importante que Él nos quiere decir es que nuestras acciones buenas brillan sólo a los ojos de Dios que está dentro de nosotros. Más allá de lo que claramente dice Jesús, hay algo que se desprende de sus palabras: Dios está en ti, en lo secreto de tu corazón, siempre… Ésta es la realidad que con tanta fuerza puso en evidencia Agustín de Hipona después de cuarenta años de búsqueda… “Tú eres más íntimo a mí que yo mismo”.

Ésta es la certeza que debe guiarnos… Tú, en tu viaje al interior, vas con  Alguien, y ese Alguien realiza contigo las acciones que en el bellísimo Salmo 139 se describen.

“Señor, tú me escrutas y conoces; sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, mi pensamiento calas desde lejos; esté yo en camino o acostado, tú lo adviertes, familiares te son todas mis sendas. Que no está aún en mi lengua la palabra, y ya tú, Señor, la conoces entera; me aprietas por detrás y por delante, y tienes puesta sobre mí tu mano. Tu Ciencia es misteriosa para mí, muy alta, no puedo alcanzarla. ¿A dónde iré yo lejos de tu espíritu, a dónde de tu rostro podré huir? Si hasta los cielos subo, allí estás tú, si en el seol me acuesto, allí te encuentras. Si tomo las alas de la aurora, si voy a parar a lo último del mar, también allí tu mano me conduce, tu diestra me aprehende. Aunque diga: «¡Me cubra al menos la tiniebla, y la noche sea en torno a mí un ceñidor!», ni la misma tiniebla es tenebrosa para ti, y la noche es luminosa como el día. Porque tú mis riñones has formado, me has tejido en el vientre de mi madre; yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son tus obras. Mi alma conocías cabalmente, y mis huesos no se te ocultaban, cuando era yo formado en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra. Mi embrión tus ojos lo veían; en tu libro están inscritos todos los días que han sido señalados, sin que aún exista uno solo de ellos. Mas para mí ¡qué arduos son tus pensamientos, oh, Dios, qué incontable su suma! ¡Son más, si los recuento, que la arena, y al terminar, todavía estoy contigo!… Sóndeame, oh Dios, mi corazón conoce, pruébame, conoce mis desvelos; mira no haya en mí camino de dolor, y llévame por el camino eterno” (Sal 139)

Lo esencial de este salmo es el subrayado de la PRESENCIA de DIOS que crea con amor y acompaña con ternura al hombre.

A la luz de esta certeza podemos preparar nuestra mente y corazón, y también nuestros sentidos, para empezar este camino.

¿Podemos hablar de formación de los sentidos? El mismo autor que guía nuestras reflexiones, en el video que sigue, se pregunta si éste no es un título un tanto presuntuoso y que remite a una realidad compleja… “Sentido” suena a algo excesivamente concreto, material, carnal incluso, menos importante y, sin duda, menos noble con relación a otros temas y objetivos formativos. Sin embargo una formación de los sentidos no sólo es posible, sino absolutamente indispensable hoy si no queremos correr el riesgo de perderlos….

Mira el vídeo  http://youtu.be/7bgw9cD43M8

Déjate guiar por el video…Míralo atentamente…”Déjate leer” por las palabras…

¿Qué interpelación o curiosidad o inquietud te dejan?

en cuaresma…

cuaresma 2015