DIÁLOGO CON MARÍA

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DIÁLOGO CON MARÍA, en mayo
​de la mano de la PALABRA DE DIOS

1.
“El sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret…” (Lc 1,26)
Así el evangelista Lucas introduce el relato del comienzo de la historia de la salvación.
Antes ha querido precisar circunstancias concretas que fijan en el espacio y en el tiempo el acontecimiento. En un marco histórico se sitúa la acción de Dios que envía su mensajero a una ciudad sin historia, para dar comienzo a la HISTORIA, la que ve al Hijo de Dios “abajarse”, hacerse hombre, “hacerse semejante a los que ama”.
Una aldea sin historia es el punto del universo donde aterriza el mensajero de Dios para dar comienzo a una historia que arranca aquí pero que en el misterioso obrar de Dios transformará también el pasado.
Así entra el Hijo de Dios en mí, en mi historia, en tu historia, en la historia de todo hombre…
Hoy… Esta entrada de Dios en un rincón del mundo se repite hoy y aquí… en ti, en mí, en cada persona… En el rincón escondido del corazón humano Dios vuelve a asomarse… por si se le abre la puerta o aunque sólo una rendija para que pueda entrar…
Hoy… en lo pequeño, lo vulnerable, lo débil, lo escondido, lo inútil a los ojos fríos y calculadores de una sociedad que al parecer se ha alejado de los auténticos valores que encarna el evangelio de Jesús, allí Dios entra…
Sólo hace falta una pizca de atención y disponibilidad… de espera…
María, échanos una mano… Préstanos tu capacidad de atención, de disponibilidad a la PALABRA… ayúdanos a saber esperar… a esperar en la fuerza del amor de Dios que transforma el mundo… a seguir creyendo que Dios sigue entrando en el corazón del hombre, pese a tanto mal que parece apoderarse del mundo… Ayúdanos a “ver” con los ojos de la fe la presencia de tu Hijo resucitado que hace nuevo el corazón del hombre… Sólo espera que le abramos aunque sea una rendija… Ábrela Tú, María… Utiliza tu mano izquierda de Madre…

El gusto

En la Sagrada Escritura hay muchas alusiones a la mesa, pero la que eleva el banquete a las cotas del amor llevado hasta el extremo es aquel en que Jesús mismo se hace pan y vino para quedarse con nosotros para siempre, vivo, bajo unas humildes especies… Pero antes de llegar a esta manifestación de amor, tan “ilógica” humanamente, Jesús a lo largo de su vida pública celebra muchas veces el encuentro y la amistad con sus amigos, con pecadores, alrededor de una mesa…

Jesús se preocupa de que la gente que va a escucharle tenga para comer… Aquellos panes que Él multiplicó serían bien buenos, porque eran fruto de su amor y de su preocupación y compasión por la gente hambrienta…

En tiempo de Pascua no podemos no hacer referencia a los gestos de Jesús resucitado que hacen posible que los amigos le reconozcan…

“Después Jesús se apareció de nuevo a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se apareció así: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos. Les dice Simón Pedro: Voy a pescar. Le responden: Vamos contigo. Salieron, pues, y montaron en la barca; pero aquella noche no pescaron nada. Ya de mañana Jesús estaba en la playa; pero los discípulos no reconocieron que era Jesús. Les dice Jesús: Muchachos, ¿tenéis algo de comer? Ellos contestaron: No.Les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron y no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo predilecto de Jesús dice a Pedro: Es el Señor. Al oír Pedro que era el Señor, se ciñó un blusón, pues no llevaba otra cosa, y se tiró al agua. Los demás discípulos se acercaron en el bote, arrastrando la red con los peces, pues no estaban lejos de la orilla, apenas doscientos codos. Cuando saltaron a tierra, ven unas brasas preparadas y encima pescado y pan. Les dice Jesús: Ahora, traed algo de lo que habéis pescado. Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, la red no se rompió. Les dice Jesús: Venid a almorzar. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó pan y se lo repartió e hizo lo mismo con el pescado. Ésta fue la tercera aparición de Jesús, ya resucitado, a sus discípulos” (Jn 21,1-14)

Jesús se muestra como el amigo cercano… hace lo que hacía antes: acercarse a la orilla, ver qué pasa con las faenas de los suyos…

Como antaño, Jesús se encuentra con los discípulos… Ya no es y a la vez es el mismo… Es el mismo Jesús, resucitado… Él no se aleja de los suyos en una remota trascendencia, sino que se acerca…

El hecho de estar vivo en la gloria del Padre no le resta humanidad y le sostiene en una insospechada cercanía. Los discípulos no habían pescado nada… Pescar por la mañana es una tarea abocada al fracaso…quien pesca lo sabe bien.

Sin embargo los pescadores obedecen a la orden de Jesús que parece contraria a la lógica de la pesca…

“Algo” les lleva a obedecer… Y la red se llena… Parece imposible que no se rompa… Lo que no consigue la capacidad humana ni nuestras pobres fuerzas lo consigue el Señor, “lo imposible para los hombres es posible para Dios”… Hace falta arrastrar la red.

Los discípulos están cansados… Jesús ha preparado unas brasas y ha puesto encima pescado y pan… Pero quiere que ellos traigan algo de lo que han pescado. Quiere Él “gustar” algo que sea fruto de su fe y obediencia a su palabra y también de su esfuerzo…

Se sientan en la orilla a comer… ¡Cómo gustarían este pescado fresco recién asado!… Seguramente sabría a mar más que nunca, aunque masticarían a la vez algo de arena pegada a las manos aún sin que les molestara… Gustarían lo que Jesús repartía: Pan… ¿Recordarían el pan de la última cena? Pescado… Recordarían las comidas improvisadas, después de un largo caminar, junto al lago y gustarían la comida preparada con tanto cariño por Jesús,  una comida que sabe a mar, sal, pero sobre todo que sabe a amor, cercanía, alegría fraterna…

Contempla la escena que te presenta el relato evangélico…

¿Cómo te sentirías tú al saborear algo que te viene de las manos de Jesús? ¿Cómo saboreas algo preparado con esmero, atención, cariño, y que te habla de la presencia de Jesús en tu vida?

Mira el vídeo…

¿De qué te habla el sentido del gusto?

¿Cómo “experimentarlo” en su frescura, genuinidad?

Oración a María…el día de la Resurrección de Jesús

María, quizás , ante el sepulcro de Jesús, el sentimiento que te afloró fue yo espero… sé que Dios es fiel”

Y Tú has esperado esta noche… No era la misma espera de Nazaret, cuando llevabas a tu hijo en tus entrañas… Esperabas su nacimiento, deseabas tenerlo entre tus brazos, aunque siempre te vendría la pregunta: ¿cómo será este niño, Hijo de Dios?

Ahora no sabes qué esperas… sabes quién y cómo era el Hijo de Dios… has compartido todo lo suyo… sabes de su cruz… Has vivido todo el misterio de dolor en el que ha estado envuelto el final de su vida… Has cargado con lo que Él cargó: el oprobio del pecado, y has visto cómo su muerte ha triunfado de él, porque el mal no ha podido doblegar la voluntad de tu Hijo rendida totalmente a la voluntad del Padre…

Tu esperas… Dios es fiel a sus promesas… esperas algo así como un nuevo nacimiento… Y la luz se va haciendo en ti hasta estallar en tu ser… fuera de ti… ES JESÚS, el RESUCITADO, que viene a cantarte el primer “Regina Coeli” de la historia… y lo sientes en ti, VIVO, como lo sentías cuando lo llevabas dentro de ti, dándole tu vida física, pero de otra manera…

descarga (2)¿Cómo lo sentirías, María? Él te trae el cielo… ÉL ES EL CIELO… Es Él la GLORIA de Dios… y Él te trae la presencia del PADRE y del ESPÍRITU… María, ahora sí que estás plenamente integrada en tu FAMILIA, la FAMILIA de Dios… Estás, por la resurrección de Jesús, metida de lleno en los TRES…

Quizás el sonido de todas las campanadas del mundo, de ayer, hoy y mañana, te alcanza… Te alcanza el canto solemne y melodioso de los coros de mujeres de todos los siglos… o el sonido de todos los instrumentos del mundo que hacen sentir en el universo entero la alegría de la Resurrección… MARÍA, JESÚS VIVE… HA RESUCITADO…

Permíteme gozar algo aunque sea un poquito de lo que Tú vivirías. María, ayúdame a entender rectamente qué significa buscar los bienes de allá arriba… Me viene a la mente aquello de Pablo VI: “debemos pensar sólo en Dios”buscar a tu Hijo, encontrarlo resucitado en mi corazón, en el mundo, en los hermanos, encontrarlo vencedor del pecado, sentir que ha alcanzado con su victoria el perdón de mis pecados…  Ayúdame a buscarle rectamente“Yo estoy con vosotros” dice… reconocer las maneras de hacerse presente: en la Eucaristía, en los pequeños y pobres, en los hermanos, en mí… en la Escritura…

buscarle en el ahora y aquí… el presente es el lugar donde se revela con su querer…

dejarme amar saliendo de mi propio querer, amor e interés, porque así lo dejo entrar en mí y yo entro allí donde Él está…

María, quiero tener presente el “Yo soy” pronunciado por Jesús en el  “prendimiento”… “Yo estoy donde tú estás, aún en tus infidelidades”. Es así  porque  Jesús ha tomado sobre sí todo lo mío…

María, recibes a Juan que corre a contarte lo que ha visto, corre a decirte que él cree que Jesús ha resucitado y te encuentra gozosa, llena del gozo del Espíritu… Tú ya sabes… Tú precedes siempre a todos… Así te siento, María, me precedes con tu luz, con tu esperanza, con tu amor…

María, ponme con tu Hijo… que yo crea en su amor… que crezca mi entrega a su amistad, la que Él me ofrece gratuitamente.

María… confío siempre en TI…

Levántate…porque tú en mi y yo en ti somos una sola cosa

De una antigua Homilía sobre el santo y grandiosoSábado

¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy

sobre la tierra; un gran silencio y -una gran soledad. Un

gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra

está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios

hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que

dormían desde hace siglos.

El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento

a la región de los muertos.

En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre,

como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que

yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de

la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores

de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está

cautiva con él.

El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando

en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo,

Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de

estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está

con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «Y con

tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta,

diciéndole: «Despierta, tú que duermes, y levántate de

entre los muertos y te iluminará Cristo.

Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti

y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora,

y ordeno a todos los que estaban en cadenas: “Salid”,

y a los que estaban en tinieblas: “Sed iluminados”, y a

los que estaban adormilados: “Levantaos.”

Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque

yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos.

Levántate de entre los muertos;

yo soy la vida de los que han muerto. Misericordia de DiosLevántate, obra de mis manos;

levántate, mi efigie, tú que has sido

creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí;

porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti,

siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo;

por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la

tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser

como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos;

por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco,

fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en

un huerto.

Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti,

para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré

en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que

soporté para reformar a imagen mía tu aspecto

deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para

quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis

manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la

cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste

funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.

Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado,

por ti, de cuyo costado salió Eva,

mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor

del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi

lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba

contra ti.

Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo

salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el

paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del

simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy

la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio,

para que te guardaran; ahora hago que te adoren en

calidad de Dios.

Tienes preparado un trono de querubines,

están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado

el banquete, adornados los eternos tabernáculos y

mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes,

y preparado desde toda la eternidad el reino de los

cielos.»

Vía Crucis con María

AMBIENTACIÓN

“Todo está cumplido”… María estas palabras están grabadas a fuego en tu corazón… más lo está  la voz de tu Hijo que las pronunció… Todo… Todo ya está hecho… Tu palabra “hágase” se ha ido haciendo historia de tu vida hasta florecer en la cruz de tu Hijo… La hora tan esperada ha llegado… Todo lo que Jesús tenía que hacer para realizar el designio de Dios está cumplido. Y Tú con Él también has cumplido la misión del Padre. Todo está cumplido… Pero el  Espíritu en ti comienza otra labor, la de alimentar la esperanza… Es como si una voz dentro te dijera… “todo está cumplido… pero lo nuevo está por venir…” Tu rostro regado por las últimas lágrimas que  te  quedan brilla con una luz nueva… la del Espíritu que el Hijo al morir te ha enviado…

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La lanzada que traspasó el costado de Jesús y llegó a su corazón haciendo brotar el agua y la sangre ha herido el tuyo… Tú has sido la que ha sentido el dolor… Este es el único dolor que no ha llegado a tu Hijo: ya estaba muerto… Es como si lo nuevo no podía brotar si realmente no hubiera terminado todo…

Jesús te ha entregado a nosotros… Te ha dado tu nueva y definitiva misión… Con las energías propias del amor materno nos acoges en este momento y nos hablas desde el silencio de tu corazón… Desde allí nos haces llegar todo el amor que abrigas por tus hijos, los que Jesús te ha dejado… y es tu amor purificado por el dolor, “¿hay dolor semejante al tuyo?” que sigue hablándonos hoy… Tú nos quieres recordar los pasos de Jesús…. Quieres mantener despierta nuestra memoria para que esté despierto nuestro amor… nuestra gratitud… Háblanos María de Jesús…

 I. Estación

Jesús es condenado a muerte

Featured imageLo vi aceptando en silencio una condena injusta… vi la traición de aquellos que hasta entonces se habían beneficiado de sus palabras, del  poder de su mirada, de sus manos…

Pero Tú sabes, Hijo, que, como Tú, acepté… hubiera querido estar en tu lugar… sólo me quedaba hacerte llegar mi amor impregnado de dolor…

Petición

MARÍA ayúdanos a aceptar la cruz en nuestra vida y a recorrer su camino con los ojos fijos en Jesús.

 

 II. Estación

Jesús carga con la cruz

segunda estaciónLo miré… Él no me vio… sólo tenía ojos para el madero… el madero que por fin abrazaba para realizar la salvación del mundo… Miré sus manos… apenas tocaban la cruz… Era como si quisiera medir sus fuerzas primero… Luego al tener que comenzar a andar se agarró a ella con energía, una energía que le brotaba del amor.

Hijo, Tú sabes que yo hubiera corrido a cogerla por ti… pero mi lugar era lejos… Sólo me quedaba hacerte llegar mi amor obediente, fuerte, que me unía a tu corazón y al corazón del Padre.

Petición    

MARÍA, ayúdanos a cargar con amor las pequeñas y grandes cruces de cada día.

III. Estación

Jesús cae por primera veztercera estación

Vi que se caía… alargué mis manos como para protegerlo… pero me quedé impotente aceptando la realidad… Debía morder hasta el polvo, golpearse contra la tierra… esta tierra santificada por su presencia, tantas veces recorrida en sus andanzas  haciendo el bien…

Hijo, Tú sabes cómo sentí en mis manos, en mi cuerpo, el dolor de tu caída. A mí se me pedía estar de pie…

Petición

MARÍA, en nuestras caídas agárranos… que  sepamos y queramos levantarnos para seguir a Jesús.

IV. Estación

Jesús se encuentra con María, su madrecuarta estación

Para verle más de cerca me adelanté con Juan a un rincón del camino y allí esperarle… Le vi venir… Le vi de cerca… desfigurado… sin belleza… pero rico de una grandeza que quizás sólo yo pude percibir porque el Padre me iba adentrando en el misterio del amor que se entrega hasta el extremo así, tan fuera de toda lógica humana… No dije nada… sólo le miré… y le di a leer mi alma… Allí Él pudo ver y sentir la fuerza de mi “SÍ” compartido con el suyo.

Hijo, Tú sabes que lo único que pude ofrecerte al encontrarte así fue mi aceptación dolorosa y llena de amor de tu entrega y hacerte llegar la certeza de que ninguna fibra de mi corazón traspasado dejaba de compartir tu dolor.

Petición

MARÍA, ayúdanos a no separarnos de ti en nuestras pruebas.

V. Estación

El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la Cruz

quinta estaciónLe vi que casi se caía, que no podía y agradecí desde lo hondo de mi corazón al hombre que agarró el madero para ayudarle… Quizás lo hizo a la fuerza… pero sentí que el agradecimiento de mi Hijo le alcanzaba y le hacía suave el peso… Un atisbo de consuelo alcanzó mi corazón y pensé en cuántos hermanos de Jesús son llamados a compartir su cruz y lo hacen con generosidad, para que nada de la cruz arrastre y se pierda.

Hijo, Tú sabes cuántas veces hubiera cogido el madero… pero mi papel era estar, sin hacer más que amar y aceptar la santa voluntad de nuestro Padre.

Petición

MARÍA, enséñanos a ser Cirineos de Jesús, compartiendo con Él el dolor de nuestros hermanos.

VI. Estación

La Verónica limpia el rostro de Jesússexta estación

¡Cómo bendije en lo íntimo de mi corazón a aquella mujer que, desafiando el respeto humano, sin temor a los golpes de los soldados, se abrió paso para enjugarle el rostro!… en ese trozo de tela se recogió algo de la sangre, de las lágrimas, de los salivazos del rostro doliente de mi Hijo… Como en aquel trozo de tela así se volvieron a grabar en mi corazón las facciones de Aquel cuyo rostro limpio, sonrosado y alegre de niño besé y acaricié tantas veces.

Hijo, sabes cómo me llegó el consuelo que recibiste de esta mujer… Sólo pude agradecer en silencio…

Petición

MARÍA, enséñanos a desafiar el respeto humano y a no tener miedo de acercarnos a Jesús y enjugar su rostro en el de los que sufren…

VII. Estación  

Jesús cae por segunda vez

septima estación

Sin ni siquiera darme cuenta de lo que pasaba, oí un griterío mayor… Jesús se había vuelto a caer… El camino era largo, la meta parecía estar cada vez más lejos porque las fuerzas flaqueaban… Me parecía que a su alrededor no había más que soledad, incomprensión… Sentí en aquel momento que mi hijo estaba compartiendo las caídas de sus hermanos para hacerla suyas… Hasta allí llegaban los detalles de su amor. Hijo, qué duro se me hizo esta imprevista segunda caída… era como si todo también cayera sobre mí… aunque yo tenía que seguir estando de pié.

Petición

MARÍA, ayúdanos a no desesperar en nuestras caídas, porque Jesús va con nosotros.

VIII. Estación

Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

octava estaciónLas mujeres siempre se le acercaban con confianza, respeto, esperanza… creían en Él… Al verlo así, como la figura del siervo doliente, se le acercaron llorando… Jesús como siempre se olvidó de sí mismo… No se paró en lo que sufría… sólo les pidió que se abrieran al misterio que se estaba realizando más allá de lo que se veía… Si esto se hace con el leño verde ¿qué se hará con el leño seco?

Hijo, de lejos vi a las mujeres… Cada gesto que tuviera algo de humano, cercano a ti, me consolaba… Agradecí que ellas llegaran allí donde yo no podía.

Petición

MARÍA, ayúdanos a entrar en el misterio de la cruz como lugar de la presencia de la Verdad y del amor de Dios.

IX. Estación

Jesús cae por tercera vez

novena estaciónLe vi caer por tercera vez… de mis labios sólo salió un gemido… Le vi con el rostro aplastado contra el polvo de la tierra… el polvo que el aliento del Espíritu transformó, ahora se manchaba con la sangre del Verbo de Dios hecho hombre… La tierra tan amada por Él ahora le devolvía el duro golpe de la caída… Y Él la seguía amando, bendiciendo… así lo sentía yo porque sé como es su amor.

Hijo, qué dura debiste sentir en tu rostro la tierra al golpearte contra ella… Qué amargo el sabor del polvo… Qué no hubiera dado para estar yo así… pero no… yo debía permanecer de pie… debía seguir siendo la MUJER FUERTE…

Petición

MARÍA, en las caídas, sostén nuestra esperanza, nuestra confianza… da perseverancia a nuestros deseos de seguir a Jesús.

X. Estación

Jesús es despojado de sus vestiduras

décima estaciónMi hijo desnudo, despojado de todo… No le quedaba nada para cubrirse… Me parecía que esta desnudez le hacía más indefenso, más radicalmente pobre… Le quitaron todo… Él era todo como una llaga que deslumbra… Era el varón de dolores… Ante mi corazón aparecían, como relámpagos, imágenes de su cuerpo de niño que yo tenía que cubrir, proteger… Ahora sólo me quedaba protegerlo con la limpia mirada de mi corazón.

Hijo, en tu desnudez sólo he podido ofrecerte la ternura de mi amor sin límites hecho despojo, porque yo también me sentí despojada.

Petición

MARÍA, ayúdanos a dejarnos despojar de todo lo que nos aparta de tu Hijo.

XI. Estación

Jesús clavado en la Cruz

Mi hijo clavado en la Cruz… Aún siento los golpes del martillo en el madero… golpes que caían en mi corazón y se acompasaban a mi dolor… Las manos, los pies taladrados… undécima estaciónLa cruz estaba hecha a la medida de sus brazos y de su cuerpo… Era el mínimo espacio vital para su cuerpo extendido… Redujeron su casa a la más pequeña medida…

Hijo, en esta crucifixión, sólo podía recordar las palabras del profeta: “han contado todos mis huesos, han taladrado mis manos y mis pies…” y contemplarte con tus brazos extendidos sobre el mundo que viniste a salvar… Esos brazos que nunca se cerrarán, que nuca dejarán de ser un lugar de amor y acogida para todo ser humano.

Petición

MARÍA, ayúdanos a entrar en el misterio de la Cruz., a gustar su sabiduría

XII. Estación

 Jesús muere en la Cruz

duodécima estaciónLo contemplé muerto en la Cruz… ya no faltaba nada a su misión de siervo y enviado. Desde lo más profundo del cuerpo y del alma, y de la unión hipostática, ha sacado toda la posibilidad de sufrir que había en Él… Él estaba solo como Adán en el Edén, saboreando la lejanía del hombre de Dios, la ignorancia invencible del hombre cuando se aleja de Dios. Sus ojos ya no veían casi, aunque sacó fuerza para pensar en Juan, en mí… para gritar “tengo sed”… ese grito que rompió el silencio de las tinieblas.

Hijo, ¿de qué tenías sed?… ¿Para qué esta palabra?… ¿Todavía necesitabas de los pecados de los hombres?… Allí, a los pies de la Cruz, también yo me sentía salvada… Allí a los pues de la Cruz me hiciste comprender el alcance de mi privilegio… Por ti yo soy Inmaculada… Hijo… Gracias.

Petición

MARÍA, ayúdanos a abrazar la cruz de tu Hijo, a creer en todo el amor que encierra.

XIII. Estación

Jesús es bajado de la Cruz

decimotercera estaciónPor fin pude acogerle nuevamente en mi regazo… Como le acogí prometido, le acogí consumado… El Hijo que había sufrido, expuesto a las miradas de todos, ya estaba otra vez escondido en mi regazo… El espacio de la Cruz era reducido, pero mi regazo se ensanchaba para acogerlo como se ensanchó mi ser para acoger la infinitud de un Dios que venía a hacerse hombre en mí… Era lo único que pude hacer para su cuerpo muerto… Acogerlo y adorarlo… Mi hijo y mi Dios envuelto en el misterio de una muerte por amor.

Hijo, sabes que acogiéndote muerto en mis brazos he acogido a tu Iglesia.

Petición

MARÍA, ayúdanos a acoger a Jesús muerto “por mí”, a acogerle en el misterio de su entrega y a seguirle así, en fe.

XIV. Estación

Jesús es sepultado

decimo cuarta estaciónYa está en su sepulcro nuevo… La Vida, Aquel que es la Vida, está enterrado en la tierra… Las tinieblas acompasan los pasos de los que vuelven de cumplir un encargo tan doloroso… En mí todo es silencio… Es como si el silencio de la muerte, de la tumba, hubiera entrado en mi vacío, en aquel vacío en el que el Verbo encarnado encontró su morada… En la soledad no hay más que fe y una certeza: las promesas de Dios son realidad.

Hijo, el silencio de la muerte no te aleja de mí… estás en mí… vives en mí… dime ¿Qué me depara Dios, ahora?… ¿qué me espera?… Ya tengo otros hijos, los que Tú me has dejado… Con ellos estoy… ¿qué haré?… Dime, Jesús… Pero Tú callas… y yo espero…

Petición

MARÍA, ayúdanos a perseverar en la fe, a esperar contra toda esperanza, como Tú.