COMO VIVIR EL ROSARIO

Después de la interrupción estiva, reanudamos el “contar nuestra fe”,el “compartir nuestra fe” e invitamos a los que nos siguen a participar activamente en ello…
Lo hacemos al comienzo del mes de Octubre que la Iglesia llama” mes del Rosario”

Te invitamos a acercarte al Rosario como a un álbum de fotos contemplado con los ojos de María, y comentado con su corazón…Así vamos adentrándonos en el conocimiento más hondo de momentos de la vida de Su Hijo …Quizás con él vamos descubriendo una presencia distinta de Jesús que siempre está trabajando en nuestras vidas. Él lo dijo” Mi Padre trabaja…yo también trabajo”…Y sí, es así. El sigue trabajando siempre, moldeando nuestro corazón a imagen del suyo sin que nosotros nos demos cuenta, la mayoría de las veces……
​Sitúate ante Maria como lo harías ante una madre que vive sola con sus recuerdos, los acaricia en su corazón sintiendo así casi la presencia física de sus hijos. Esta mujer ¿de que puede hablar? De los hijos que lleva en su corazón.
​Una madre quiere a sus hijos, y está orgullosa de ellos. Guarda en su corazón recuerdos de su infancia, de sus juegos, sus alegrías y sus penas, sus enfermedades y sus éxitos, sus amigos… Si ha tenido la desgracia de perder un hijo, le encanta hablar de él, enseña sus fotografías, cuenta historias de su vida, sus éxitos. Vive con estos recuerdos, no la abandonan. A menudo, la historia que ella cuenta hace que encontremos atrayente a la persona de la que nos habla. A medida que pasa las páginas del álbum de familia, recuerda detalles y anécdotas que comparte. Gracias a sus calidos recuerdos, puedes entrar en la intimidad de su familia, vivirla.
​Así sucede con María… Cuando vas a visitarla ¿te habla de quien? De su hijo…Mírala sosteniendo en sus rodillas su álbum de recuerdos que quiere compartir contigo.
Un álbum de recuerdos comentado por una madre es la imagen que alguien sugiere como medio para comprender lo que es la oración del Rosario.
Las “Ave Maria” recitadas durante las decenas van dirigidas a Maria, la Madre de Cristo, pero lo que se recuerda durante el misterio, se refiere sobre todo a su Hijo.
Si Maria hubiera tenido un álbum de fotos, nos habría mostrado las instantáneas de su Hijo: su espera, su nacimiento, su hijo creciendo, haciendo milagros, sufriendo, resucitando, etc. ¡Tendría muchas fotografías!
Al ofrecernos el Rosario, la Iglesia selecciona para nosotros las mejores: son las que hablan de los que llamamos misterios del Rosario, que se refieren a diferentes momentos de la historia de Cristo..
​Se trata de acontecimientos realmente sucedidos aunque carecemos de fechas concretas: Jesús nació, vivió, realizó su misión, murió bajo el poder de Poncio Pilatos y resucitó al tercer día. Y hoy, vive resucitado: los momentos de su vida terrestre entraron en la eternidad de Dios y en la eternidad no hay pasado.
​Alguien escribió: “Los misterios de Cristo sucedieron en ciertas circunstancias y perduran y están presentes de otra manera. Pasaron en cuanto a la ejecución, pero siguen estando presentes en cuanto a su poder y su amor… el amor con que han sido realizados no pasará nunca. Esto nos obliga a tratar las cosas y los misterios de Jesús, no como sucesos pasados sino como hechos vivos, presentes y eternos”.
​Jesucristo siempre es el que nace, que predica a las muchedumbres, realiza signos, se transfigura en la montaña, el que envía al Espíritu santo sobre sus discípulos. Es también el que entrega su cuerpo y derrama su sangre: por eso podemos celebrar la Eucaristía. Hablamos de su muerte en presente porque ha resucitado.
​Rezando el Rosario volvemos nuestra mirada hacia Cristo en las diferentes fases de su camino. En cada momento tiene algo que darnos.
​Vivir el Rosario significa contemplar la realidad que encierran las palabras del ángel a Maria y desde ellas acercarse a las escenas evangélicas que se contemplan en cada misterio.​
Para comentar estas escenas evangélicas, ¿qué mejores ojos que los de la Madre de Cristo? Ella recibió en primicia el anuncio de la salvación. Llena, colmada de gracia, también encontró gracia delante de Dios. ¿Puede existir mejor intérprete? Ella acogió el mensaje de Dios y la persona del Verbo- el Hijo de Dios- en su corazón y en su cuerpo.
Nos dirigimos a Maria en una repetición que sale del corazón y que nada tiene de rutinario si lo hacemos desde dentro y le decimos: “Dios te salve, María, llena eres de gracia”. Nosotras pronunciamos su nombre. Sin embargo, cuando el arcángel Gabriel se dirige a ella, no la llama “María”. El nombre era muy común en aquel tiempo. Se pueden contar cinco o seis “María” en el Nuevo testamento. Pero no es por temor a la confusión que Lucas omite el nombre de la Virgen. Es porque su verdadero nombre es “Llena de gracia”. Lo que tomamos como un adjetivo, es decir algo añadido, es en realidad su nombre propio.
Las “Ave María” nos introducen en el corazón de María que nos lleva hacia la intimidad del Hijo de Dios hecho hombre. Ella nos invita a hacer nuestro todo lo que El dijo e hizo, a examinar la importancia de sus palabras y de sus actos para comprender mejor su alcance y riqueza, a unirnos a Aquel “en quien Dios pone toda su predilección”, Jesús, “el fruto del vientre” de María.
El corazón de María unido a Jesús se convierte en nuestro refugio y nuestra escuela. Al final de las “Avemaría”, nuestros egoísmos, nuestras pequeñeces, nuestros miedos, nuestra falta de confianza se pierden en esta gran revelación: el Hijo de Dios se hizo carne por mí, sufrió por mí, venció al demonio, al pecado y a la muerte por mí, me abre las puertas de su Reino.
Frente a todas las pruebas y decepciones de la existencia o de la vida de los hombres se alza esta Buena Nueva, el Evangelio, que nos alcanza y que nos concierne a todos. Es nuestro patrimonio. En nuestro corazón puede así establecerse firmemente esta convicción: ni la muerte ni la vida, ni lo presente ni lo futuro, ni las tribulaciones, las angustias o la persecución, ni el hambre, la desnudez, los peligros, ni la espada, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (cf.Rom.8,35-39).

CHI CI SEPARERÀ