“Cantaré eternamente las misericordias del Señor” Sal 88

“Cantaré eternamente las misericordias del Señor” Sal 88
Bula de la Misericordia (del Papa Francisco) – 1ª parte
Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre.
Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes.
El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción.
Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia.
Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal.
Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre.
Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón.
La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona.
En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa.
En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entre podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza.
« Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia » Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 30
Las palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios.
“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios.
Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción.
Los Salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino:
« Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia » (103,3-4).
De una manera aún más explícita, otro Salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: « Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados » (146,7-9).
Por último, he aquí otras expresiones del salmista: « El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas.
El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo » (147,3.6).
La misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo.
Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón.
“Eterna es su misericordia”: es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136…
Repetir continuamente “Eterna es su misericordia” parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor.
Es como si se quisiera decir que no sólo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre.
Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros.
Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible.
El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano.
La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros.
Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos.
Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos.
Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros.
Queremos vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: « Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso » (Lc 6,36).
Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cfr Lc 6,27).
Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios.
Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige.
De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida.
La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia.
Ella nos relaciona con el judaísmo y el islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios.
Israel primero que todo recibió esta revelación, que permanece en la historia como el comienzo de una riqueza inconmensurable de ofrecer a la entera humanidad.
Las páginas del Antiguo Testamento están entretejidas de misericordia porque narran las obras que el Señor ha realizado en favor de su pueblo en los momentos más difíciles de su historia.
El islam, por su parte, entre los nombres que le atribuye al Creador está el de Misericordioso y Clemente.
Esta invocación aparece con frecuencia en los labios de los fieles musulmanes, que se sienten acompañados y sostenidos por la misericordia en su cotidiana debilidad.
También ellos creen que nadie puede limitar la misericordia divina porque sus puertas están siempre abiertas.
Este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; nos haga más abiertos al diálogo para conocernos y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación.
Un Año Santo extraordinario, entonces, para vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros.
En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios.
Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida.
La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio.
Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo.
La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo.
Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia.
Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen.
Cada vez que alguien tendrá necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin.
Es tan insondable la profundidad del misterio que encierra, tan inagotable la riqueza que de ella proviene.
En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor.
Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar.
La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: « Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos » (Sal 25,6).

https://www.youtube.com/watch?v=PJIHowpxIqY

 

 

HACIA EL AÑO DE LA MISERICORDIA

“Te cuento mi fe” reanuda su compartir ya casi a las puertas del año santo de la misericordia y lo hace ofreciendo la bula de apertura del Papa Francisco en texto y en imágenes…El texto ha sido dividido en tres partes- con fidelidad a la letra – tratando de unificar lo que en él se refiere al Padre, al Hijo Jesús y al pueblo de Dios, con el fin de facilitar la lectura meditativa del texto…
La bula nos introduce en el misterio de la misericordias de Dios…nos estimula a abrirnos al don de la misericordia que Dios ofrece a manos llenas y que invita a regalar a nuestros hermanos, como bien recibido,…
Como trasfondo de esta lectura queda el deseo hondo de experimentar el regalo de la misericordia de nuestro Dios…Cuando se experimenta es más fácil ofrecerlo y…gratuitamente…como se recibe…
Recojo la experiencia de una persona…El relato más o menos sonaba así…
“Lourdes…las primeras horas de la tarde…una tarde soleada…Una muchedumbre llenaba el espacio ante la gruta…Desde el otro lado del rio solo se veía un mar de personas…y había un silencio sobrecogedor…Llegaba el recitado de unas letanías…A un cierto momento se oyó repetidas veces la advocación “Madre de la misericordia”…Estas palabras despertaron en mi reflexiones acompañadas de unos sentimientos indeterminados…ternura, gratitud, certezas…Asocié a la palabra misericordia la miseria que tenía delante…Miseria física, quizás espiritual, humana, y el CORAZÓN de Dios, volcado en el de María, entrar de lleno en esta miseria humana…Miseria y misericordia…la misma raíz…Misericordia es el corazón de Dios , que entra dentro de la miseria humana para rescatarla, redimirla, salvarla…Sentí y entendí que el amor de Dios no puede ser más que esto…el volcarse de su corazón en la pobreza, fragilidad, debilidad de la humanidad- la que veía delante de mí con las manos tendidas hacia la MADRE-…Por eso la palabra misericordia es expresión de todo lo que brota de Su corazón…ternura, bondad, sonrisa, alegría, fortaleza…y todo lo que se experimenta cuando se recibe el amor misericordioso de Dios…”
Hace años de este relato experiencial …Me lo trae al corazón la palabra del Papa…
Que el año de la misericordia sea un lugar de apertura al amor misericordioso de Dios manifestado en Cristo Jesús y en su Madre…Que sea una fragua de nuestra misericordia, la que nuestros hermanos esperan de nosotros…Que sea una ocasión para realizar la “revolución de la ternura” en palabras de Papa Francisco