Con la Viuda de Naim (Lc. 7, 11-17)

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En este episodio Jesús nos muestra cómo se vive la compasión, la cercanía al dolor ajeno… Aquí no encontramos el ejemplo de fe que nos da la hemorroisa, solo encontramos una mujer que vive silenciosamente su dolor… Es un ejemplo “tipo” de tantas situaciones de sufrimiento descargado sobre espaldas frágiles, como las de esta mujer que ya ha llorado la pérdida del esposo y ahora llora la pérdida de su único sustento…

Jesús, el Verbo de Dios hecho carne, muestra como la “encarnación” no es solo palabra… es integración de un Dios en la humanidad con todas sus consecuencias… Él se mete en el dolor de la mujer como se metió en la carne, tal como suena… Y por eso se metió en la carne para compartir la suerte del hombre y salvarla desde dentro…

Jesús siente compasión, se para, toca… Son tres acciones que hablan de sus sentimientos… Jesús ve el llanto y se conmueve, se deja mover por dentro, se deja herir por las heridas del corazón de la mujer…

El mundo es un inmenso llanto, un río de lágrimas, invisibles a quien ha perdido la mirada del corazón. Jesús sabía mirar a los ojos de una persona… “¡mujer, no llores!”… y descubrir, detrás de un centímetro cuadrado de iris, vida y muerte, dolor y esperanza. Hay una sola manera para conocer a un hombre, a Dios, a un pueblo, a un dolor: pararse, arrodillarse y mirar de cerca… Cuando te paras con alguien ya has hecho mucho por la historia del mundo. Nada nos dice que aquella mujer fuera más religiosa que otro. Lo que toca el corazón de Jesús es su dolor (Ronchi).

Señor, haznos capaces de ver y escuchar aun cuando no nos llamen… de escuchar suplicas sin palabras, Tú que escuchas el llanto silencioso de aquellos que ni siquiera te llaman o recurren a Ti… Haznos capaces de hacernos cercanos… de ver, pararnos, tocar… de conmovernos por dentro y tocar como Tú lo hacías con el leproso, el ciego… como haces aquí con el hijo de la viuda…

Señor, que el camino cuaresmal nos haga más sensibles a tus gestos, y nos ayude a comprender que has venido a enseñarnos cómo se ama, así gratuitamente; cómo se regala la esperanza, la sonrisa… en definitiva, cómo se regala el gozo de vivir… Tú has venido a enseñarnos esto… Que en este tiempo de mayor cercanía a tu amor que se entrega, abramos nuestro corazón para aprender a amar así y traer al mundo una pizca de gozo, de paz, de fraternidad…

 

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Con la hemorroísa (Mc. 5, 25-34)

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Queremos acercarnos a esta mujer enferma para aprender algo de la fe que según las mismas palabras de Jesús ha sido la causa de su curación…

Se trata de una mujer sin curación humana, pues los muchos médicos fueron incapaces de curarla. Lo ha gastado todo y no ha sanado. La enfermedad la condena a la soledad más dura… soledad que la empuja a buscar a alguien del que pueda tocar al menos el vestido… Quiere acercarse a Jesús pero no puede avanzar a rostro descubierto porque todos tenderían a expulsarla, sintiéndose impuros a su roce. Por eso llega por detrás en silencio. Pero es una mujer que ha aprendido a convivir con su cuerpo enfermo, a conocerle, y nada más tocar el manto de Jesús siente que la sanación ha llegado a ella… Sabe que ha sido curada… sabe que puede sentirse persona, pues la atadura de la sangre que la tenía oprimida se ha roto… Ella se descubre limpia y nueva al contacto con Jesús… Se siente ya de una vez muy bien consigo misma…

Le ha alcanzado la pureza de Jesús… Y así como ella siente en su cuerpo la curación, Jesús siente que de su cuerpo ha salido un poder. Solo ellos dos saben lo que ha pasado… Es bellísima esta comunicación de dos cuerpos, en la mano de la mujer enferma y en el poder que sale del cuerpo de Jesús… La necesidad de curación convertida en muda suplica y la compasión se encuentran en un diálogo de sentimientos. Jesús sabe que, más allá de los que aprietan y oprimen de manera puramente física, le ha tocado una persona pidiendo su ayuda y Él se la ha dado.

Nadie sabe lo que ha pasado… la mujer ha venido a escondidas, con miedo, pues quien viera lo que hace podría castigarla. Pero Jesús la obliga a romper ese ocultamiento vergonzoso, hecho de represiones exteriores y miedos interiores. Pide a la mujer que salga al centro y cuente a todos lo que ha sido su vida en cautiverio y cómo ha conseguido la pureza de su cuerpo. La mujer dice toda su verdad y en esto muestra la fuerza que su curación le ha dado.

Y Jesús la ensalza no atribuyéndose la curación, no poniéndose en primer plano… sino alabando su fe como causa de la curación… Cariñosamente le habla: “¡Hija! tú fe te ha salvado. Vete en paz”. Quizá sea la primera vez que la mujer se sienta querida así… Jesús le muestra su amor dejándose tocar por ella, reconociéndole persona y destacando el valor de su fe.

Señor, haznos capaces de creer que, aunque no podemos tocar la orla de tu manto, podemos dejarnos tocar por ti, cuando te recibimos hecho pan en la Eucaristía… Entonces se da el verdadero milagro de una “comunión- comunicación” que cura, sana, salva… ¿Creemos, Señor, que es así?

… Con el paralítico descolgado del techo (Mc 2,3-12)

Sin títuloAyer nos encontramos con un paralítico que no lograba entrar en la piscina para curarse, porque nadie le ayudaba… En este relato en cambio no sabemos quién tiene más fe, si el paralítico o los que levantan el techo para descolgarlo… Era la única manera de llegar hasta Jesús…

En otros relatos nos asombran estas palabras de Jesús: “se haga conforme a tu fe”… Es como si Jesús quisiera decir… “no es mi poder que va a realizar lo que pides, es tu fe… se hará como tu fe pide…” Este reconocimiento por parte de Jesús de la fe de quien le grita con la voz o con gestos, que a veces reflejan una humildad profunda por parte de quien pide algo, es muy consolador…

Así le llenaría de compasión, y de gozo a la vez, el atrevimiento de los que descolgaron al paralítico por el techo, tanto es así que su milagro fue más allá de lo físico: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”. Al decir esto, muestra que quiere sanar, ante todo, el espíritu. El paralítico se convierte en imagen de todo ser humano al que el pecado impide moverse libremente, caminar por la senda del bien, dar lo mejor de sí.

En efecto, el mal, anidando en el alma, ata al hombre con los lazos de la mentira, la ira, la envidia y los demás pecados, y poco a poco lo paraliza. Por eso Jesús, suscitando el escándalo de los escribas presentes, dice primero: ”Tus pecados quedan perdonados”, y solo después, para demostrar la autoridad que le confirió Dios de perdonar los pecados, añade: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”, y lo sana completamente. El mensaje es claro: el hombre, paralizado por el pecado, necesita la misericordia de Dios, que Cristo vino a darle, para que, sanado en el corazón, toda su existencia pueda renovarse.

También hoy la humanidad lleva en sí los signos del pecado, que le impide progresar con agilidad en los valores de fraternidad, justicia y paz, a pesar de sus propósitos hechos en solemnes declaraciones. ¿Por qué? ¿Qué es lo que entorpece su camino? ¿Qué es lo que paraliza este desarrollo integral? Sabemos bien que, en el plano histórico, las causas son múltiples y el problema es complejo. Pero la palabra de Dios nos invita a tener una mirada de fe y a confiar, como las personas que llevaron al paralítico, a quien solo Jesús puede curar verdaderamente. (Benedicto XVI)

Señor, sabemos que solo tu amor puede renovar nuestro corazón, que solo tu amor es la fuerza que renueva el mundo… Danos fe para creer, confianza y abandono para esperar de ti la sanación de nuestras heridas… Haznos capaces de gestos arriesgados que hablen de nuestra fe absoluta y total en ti… Danos valor para levantar nuestros techos y descolgarnos, ponernos a tus pies en espera del regalo de la curación… Porque es así… para encontrarte necesitamos buscarte, superar los obstáculos que nos paralizan… Creo, Señor, pero aumenta mi fe…

Con el paralítico en la piscina (Jn. 5, 1-16)

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Este relato evangélico nos sitúa ante situaciones que nosotros podemos vivir cuando nos estancamos en la inmovilidad de parálisis espirituales… Y ciertamente nos sentimos “leídos” por esta palabra…

Ante nosotros se presenta un paralítico ya casi resignado a permanecer así, atado a una camilla. Su esperanza de que alguien le tire a la piscina cuando empieza a moverse el agua, se ha quedado ya defraudada… Pero Jesús le pregunta si quiere… Es la pregunta clave… Hay que querer… Hay que querer poner en juego la propia libertad, el propio deseo de romper ataduras…

La parálisis de este hombre que lleva treinta años esperando, es ya como una muerte. Jesús le despierta a la esperanza pero quiere que sea él quien decida sobre su curación… ¿Quieres curarte? Te curaré solo si quieres.

¿Queremos salir nosotros de nuestras parálisis? ¿Acaso no nos mostramos nosotros también reticentes a curarnos de algunas enfermedades espirituales a las que nos hemos acostumbrado desde hace mucho tiempo? ¿No nos hemos “encariñado” de alguna manera con nuestras debilidades, impotencias, limites… de carácter, estructura, mentalidad, educación; con nuestro modo de ser, con nuestros pecados, con ciertas inclinaciones, por lo que, incluso encontrándonos ante el sacramento de la curación -la Palabra de Dios, la penitencia, la eucaristía, los acontecimientos significativos, providenciales de la vida- nos resistimos al cambio de situación? Y ¿por qué?… Ahora me he acostumbrado a ser así, estoy tranquilo de este modo, todos me consideran así, todos deben considerarme así, por lo que soy y como soy, ya sea Dios o los hombres. Si digo que quiero curarme, deberé coger mi jergón, llevarlo yo mismo y prescindir de todos los atenuantes tras los cuales me resulta tan cómodo refugiarme.

¿Quieres curarte? Me dices Jesús… ¡levántate! Aquel hombre obedeció al instante, se levantó, tomo su jergón y se puso a andar. ¿Y yo? ¿Puedo excusarme aún y no decidirme a acoger hasta el fondo la curación que Jesús quiere darme? ¿Puedo seguir ignorando lo que Él ha hecho por mí?¿ Acaso puedo olvidar aquellas preguntas clave de S. Ignacio de Loyola: “¿Qué he hecho por Cristo, qué hago por Cristo, qué debo hacer por Cristo? Por mí, -así nos muestra el relato- Jesús no vacila en actuar de manera diferente a la de la ley mal interpretada por la mentalidad común; no vacila en atraer sobre Sí la persecución, el odio. Por mí, Jesús no tiene miedo de ser perseguido y condenado a muerte. Y yo ¿qué?…

Concédeme, Señor, el arranque de fe y amor para decirte al instante que sí y seguirte a donde vayas, de verdad… Que no me quede mirando de lejos, como los tantos espectadores que solo se pararon para verte pasar mientras subías el camino hacia la Cruz… Fortalece mi fe, para que pueda, en verdad, decir con Pablo “mientras vivo en la carne, vivo en la fe del hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gal 20).

… con el ciego de nacimiento

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La parábola del ciego de nacimiento diría que es una parábola cuaresmal, porque la Cuaresma nos provoca a tomar conciencia del momento del Bautismo en el que nuestros ojos, acariciados por la mano del sacerdote, se han abierto a la LUZ que es Cristo Jesús…

Cuaresma es descubrir las oscuridades de nuestra vida cristiana y buscar la mano sanadora de Jesús, que, a través de su Iglesia, unta el barro y el ungüento de la luz en los ojos de nuestra alma.

¿Quién es uno que ha nacido ciego? Alguien que no sabe nada de la belleza de la creación, de la naturaleza; alguien que vive sin poder ni saber dar un rostro a las personas que le están cerca, una forma al cielo que reluce sobre su cabeza, una forma y un color a las flores… Y sobre todo es alguien que no conoce el gozo de poder fijar los ojos en un ser querido…

Pero hay una ceguera mayor en el hombre que no tiene fe, no conoce a Jesucristo, que es la VERDAD que ilumina el mundo, que da sentido a los hechos de la vida, espacio a la inteligencia, profundidad al amor, gusto a lo que somos y hacemos…

¿Cuántos ciegos hay en el mundo, que no ven la belleza del vivir, que no logran gustar el gozo de ser amados por Dios, cerrados en su egocentrismo, que es la verdadera ceguera del alma porque no hace ver al TÚ que vive y habita en ellos? Y… nosotros… ¿cuántas veces vivimos como si fuéramos ciegos?

La fe es la luz, Jesús es la luz… Vivir sin la fe, vivir sin Jesús es oscuridad y ceguera. Y el cristiano, como el ciego de nacimiento, una vez recobrada la vista, debe ser testigo de la Luz. Solo Jesús, que es la LUZ, puede romper esta ceguera…

No sabemos qué ha pensado el ciego sanado de la belleza de la creación, que finalmente descubría… No sabemos qué ha pensado frente a la luz, él que había vivido en la oscuridad…

Quizás podemos hacernos una idea de lo que sentiría frente a la reacción de ceguera, de obtusidad de los fariseos, que en lugar de glorificar a Dios por lo que había obrado en él, lo echan de la sinagoga, como un blasfemo… Frente a esa reacción resalta aún más la nobleza del ciego sanado… Al interrogatorio de los fariseos, con enorme entereza responde, desde su misma experiencia personal: “Una cosa me consta, que yo era ciego y ahora veo”… Es un hombre que se ha puesto al lado de la VERDAD… Y que se postra ante Jesús con una bellísima confesión de su fe “Creo, Señor”…

Señor, que yo no cierre nunca mis ojos a la LUZ… que no me cierre en mi yo que me impide mirarte a TI, que eres la única VERDAD… Que sepa conducir a otros para que abran su corazón a la luz que se desprende de tu persona, de tu palabra… Que sepa, humilde y valientemente, profesar mi fe ante la duda de los que me rodean, con entereza, como el ciego… ¡“CREO SEÑOR”!

 

… con el fariseo y el publicano

…con el fariseo y el publicano

IMG_0491Jesús quiere decirnos algo importante sobre nuestro modo de orar y de vivir la vida, de relacionarnos con Dios… Nos presenta dos figuras, la de un publicano y de un fariseo… Dos figuras y dos posturas… Él en definitiva me pregunta… ¿con cuál de ellas te quedas? ¿con cuál te sientes más cerca de Dios?… No es cuestión de estar derecho o arrodillado, al final del templo o en primera fila… Se trata de otra cuestión… Un autor encabeza así su comentario a esta parábola: El “ego“ del fariseo y el “corazón” del publicano… Se trata de descentrarnos… El fariseo en realidad, pese a que diga la verdad sobre lo que hace de justo, no se dirige a Dios… Está centrado en sí mismo… Parece que lo único que sabe manejar bien son dos letras “yo”… “yo agradezco, yo no soy, yo ayuno, yo pago…” Se ha olvidado de la palabra más importante del mundo “TÚ”… Y orar, en cambio, es llamar a Dios de TÚ… Vivir y orar recorren el mismo camino profundo: la búsqueda nunca rendida de un Tú, un amor, un sueño o un Dios en el que reconocerse amados y amables, capaces de un encuentro verdadero… Pero… no se puede alabar a Dios y tener una mirada dura sobre los demás… El publicano, en cambio, bulto de humanidad doblada al fondo del templo, nos enseña a no equivocarnos sobre Dios y sobre nosotros: Dios, ten piedad de mí pecador. Él es el que perdona, yo soy el que le he dado la espalda… Hay una pequeña palabra que cambia todo en la oración del publicano y la hace verdadera: “Tú”… Palabra esencial del mundo “Señor, Tú ten piedad”… El fariseo construye su religión sobre lo que él hace por Dios (yo rezo, yo pago, yo ayuno), el publicano la construye sobre lo que Dios hace para él (Tú tienes piedad de mi) y brota, como una fuente cristalina, la relación de amor con el Dios que regala su amor-perdón… Señor, enséñanos a orar con los ojos fijos en tu misericordia, en esta extraordinaria debilidad tuya que es la compasión por el pecador… debilidad que es en definitiva tu omnipotencia… Enséñanos a mantener siempre abierta la puerta de nuestro corazón para acogerla, ofreciéndote en cambio lo único que podemos darte como propio nuestro… el pecado… porque lo demás es todo tuyo, puro don tuyo…

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