Día 2

Día 2

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María, estoy en tu casa… Te contemplo… estás alegre cantando a media voz… Todo huele a limpio… de tu ser se desprende limpieza… Yo huelo tu limpieza y la añoro…
De pronto se ilumina tu estancia y tu Dios irrumpe en tu vida… “Alégrate, llena de gracia”… Tú ya estabas alegre pero la alegría que ahora se te da, a la que se te invita, es otra… es la alegría que desborda del corazón de tu Dios que te alcanza y Dios te habla humildemente… te pide ser madre de su Hijo… Tú eres valiente… tu humildad te hace vivir en la verdad… y dices que no conoces varón… y Dios te manda SU ESPÍRITU, y lo aceptas… “Hágase”… y te quedas sola con tu fe… Una fe distinta la que se te pide y necesitas. Tú siempre has creído en el Dios de tus padres, en el Dios todopoderoso… ahora necesitas una fe más recia, porque tu Dios, el que se te revela y se te irá revelando, es un Dios humilde que pide humildemente tu colaboración para que su Hijo, humildemente, nazca en ti.
Y Tú crees, te abandonas confiada, y vives tu día a día en el silencio de una soledad humana y al amparo de una mirada, la de tu Dios, que te acompaña en este nuevo camino.
María, te bendigo, te alabo… María, te pido algo de tu limpieza y de tu fe.

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ES PASCUA…

ES PASCUA…

“Jesús ha resucitado… Es el Señor”… Pero todo parece que sigue igual en la apariencia… …Los discípulos no lo ven… las mujeres tampoco… Solamente María, la Madre, no necesita ningún signo… Ella cree, espera, ama… como siempre incondicionalmente..
Pero Jesús despierta su fe haciéndose el encontradizo… Con las mujeres, con los peregrinos de Emaús… con los que ni se atreven a salir y siguen en la encerrona… El único que no está entre ellos es Tomás y no cree a los que le dicen que han visto al Señor… Quiere signos… quiere tocar.
Jesús, Tú te sitúas en medio de los discípulos y te limitas a estar… Solo traes tu don, la PAZ, y muestras tus heridas… Tú, como siempre, creo, a cada uno le das lo que necesita: a quien tiene miedo la paz, a quien acoge el soplo del Espíritu abres horizontes… Tú, como siempre, solo abres recorridos, guías en el primer paso, pues un primer paso es posible siempre, para todos, desde cualquier situación…
Y a Tomás, el único que quizás se sentía libre de entrar y salir de la casa, que no aguantaba el estar juntos sin TI y buscaba evasiones, que no cree a los que le cuentan haberte visto, le das la posibilidad de TOCAR… tocar tus llagas…
A Tomás le habías educado a la libertad interior, a disentir, lo habías hecho valiente y grande en humanidad… Y para hacerle más grande, dulcemente le reprochas. Como haces con los amigos… ”no seas incrédulo”…
Jesús, a mí que quiero aún signos, que no logro siempre reconocerte VIVO Y RESUCITADO EN LA COTIDIANIDAD DE MI EXISTENCIA, me dices: “dichosa si crees sin ver ni tocar… si crees que en mi cuerpo el amor ha escrito su historia con el alfabeto de las heridas, las únicas que no engañan. La Resurrección no ha cerrado los foros de los clavos, no ha sanado las heridas… Estas heridas son la gloria de Dios, la expresión más grande del amor, la gran belleza de la historia… Imborrables como el mismo amor que me ha movido a entregarme por ti”…
Creo, Señor, que estás VIVO Y RESUCITADO… en la gris cotidianidad, en todo lo que me rodea, en el PAN de la Eucaristía, en mis hermanos… Creo, pero aumenta mi fe en TU RESURRECCIÓN.

 

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… Cristo vive… Es Pascua

 

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Pascua: No puede haber para el hombre alegría más profunda que la que hoy se proclama: Cristo vive… Es la alegría de la Salvación realizada…

Hoy resuena, como el silbido de una luz vertiginosa, el eco, aún vivo, del anuncio de la Resurrección del Señor. De boca en boca corre este rumor, que se prueba eficazmente por el testimonio del Espíritu en los corazones renovados. Cristo ha resucitado y se ha aparecido. Es verdad. Nosotros somos testigos de ello.

Es la Pascua del Señor… Es el paso de la oscuridad a la Luz del Señor, del caos de este mundo al orden de la Nueva Creación que Dios ya introdujo en Jesucristo Resucitado. Paso de la esclavitud a la libertad; del desierto a la posesión de la Tierra prometida, al Reino de Dios; del pecado a la amistad con Dios; del hombre viejo destinado a la muerte al hombre nuevo, hecho para el Cielo. Paso de la incredulidad y la desesperación, a la alegría serena y profunda de la Fe, la Esperanza y el Amor. Sin embargo, para entrar en esta Fiesta, la Fiesta Eterna de los hijos de Dios, es necesario que nos vistamos con el traje de fiesta adecuado. Y ese traje de fiesta es la FE. Y sin Fe, nos quedamos fuera de esta fiesta. (Benedicto XVI)

De los hombres y mujeres que conocieron a Jesús, solo los que tuvieron fe en Él encontraron la alegría de la salvación. Para los otros, las cosas no cambiaron. Del mismo modo ocurre hoy: solo por la fe, que recibimos en el Bautismo y compartimos en cada Eucaristía, encontramos la alegría de la salvación… Para los que no creen, este Domingo es igual a todos… Puede que incluso sea hasta un día triste, vacío, lleno de nostalgia y de un deseo ahogado de encontrarse con Dios. La Pascua que celebramos inaugura un tiempo de gozo. Jesucristo ha resucitado como el Primero de muchos, para mostrarnos cuál es la vida que nos espera y se nos ofrece si damos el paso de la fe. Tenemos así el futuro garantizado por Dios mismo, que ha hecho con nosotros una Alianza Nueva y Eterna, sellada con la Sangre de su Hijo. Así por la fe celebramos a Jesucristo, el Hombre Nuevo que nos renueva, a nosotros y a toda la Creación, inaugurando cielos nuevos y tierra nueva; y Jesús, el Señor, es ya la Cabeza de esta Nueva Creación.

Nosotros no hemos tenido oportunidad de ver a Jesús Resucitado. Pero Él mismo nos dice que son felices los que creen sin ver. Por eso el Señor no da, en primera instancia, pruebas en sentido estricto de la Resurrección, sino solo signos: una tumba vacía, y ángeles que lo proclaman vivo… Pero la Palabra de la Sagrada Escritura que nos anuncia que Cristo murió y resucitó por nosotros y por nuestra salvación, y la fe de la Iglesia, que parte de los mismos Apóstoles, que vieron al Señor Resucitado, comieron y bebieron con Él, y fueron enviados por Él, llegan hoy a todos nosotros. Por eso, nuestra única respuesta quiere ser la fe… La fe del discípulo amado, que no vio a Jesús; vio las vendas caídas y el sepulcro vacío, y creyó en Jesús, al que más tarde vería…

Un signo para nosotros es la misma Iglesia, que a pesar de su debilidad y los defectos de sus miembros, permanece siempre estable a través de los siglos, para dar testimonio de la Palabra del Señor y llevar a todos los hombres la Buena Noticia de la Salvación. Este es el gran signo de que Jesús está vivo, pues de lo contrario el milagro viviente que es la misma Iglesia, no podría sostenerse. Se confirma así la Palabra de la Escritura: Jesucristo ha resucitado. Y si analizamos nuestra propia vida, encontraremos también muchos signos, que nos ha dado el Espíritu Santo que recibimos en el Bautismo.(Benedicto XVI)

Jesucristo, creemos que estás vivo, resucitado… que aquí y ahora remueves las piedras de nuestros sepulcros, los sepulcros del miedo, del egoísmo, de la dureza de corazón… las remueves todas las veces que quieren cerrar nuestro ser a tu amor… Estos son los signos de tu Resurrección en nuestra vida… Esto es Pascua, la fiesta de las piedras que ruedan y dejan libre acceso a la luz de tu amor que nos lanza hacia las sendas del Bien, de la Verdad, de la Belleza…

Jesucristo, fortalece nuestra fe y ayúdanos a anunciar la noticia más bella que podamos dar a nuestro mundo: CRISTO VIVE…

 

 

…plegaria a María en sábado santo

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María, hoy los cristianos, tus hijos, sabemos estar a tu lado intentando llenar tu soledad, como quizás lo hicieron Juan y sus compañeros. Y es que hoy, tu soledad impresiona más que nunca, porque está marcada por el dolor profundo de la pérdida del Hijo único…
Hoy, el silencio de la muerte ha envuelto definitivamente a tu Hijo, la muerte física te lo ha arrebatado al parecer para siempre… y todos sentimos pena por Ti, intentamos, desde nuestro “no saber” acompañarte en tu dolor.
Hoy es como si nos pesara tu soledad y es normal. Pero Tú, ¿cómo la vives María? Acaso ¿no la vives como la cumbre de algo que ha sellado positivamente toda tu vida?
Tú misma, desde siempre, has vivido la soledad ante todo el misterio de tu vida, elegida por Dios de manera especial… El no entender humanamente este misterio te llevaba a vivir sola ante Dios, algo que ni Tú misma entendías. Humanamente SOLA, divinamente llena de una Presencia del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que siempre te han llevado en Su Ser.
Y la expresión de esa soledad ha sido el silencio,
silencio del anonimato,
silencio de la virginidad,
silencio de la escucha,
silencio del asombro,
silencio de la atención vigilante,
silencio de la entrega en la oscuridad de la fe,
silencio ante la consumación del misterio…
Hoy, se recopila el misterio de tu soledad, se rubrica el misterio de tu silencio que es el lugar del encuentro con tu Dios y Señor y con aquellos que desean acogerte.
Hoy, como siempre, tu soledad se llena de presencia, sin que ésta quite nada a la profundidad del dolor.
Hoy tu soledad y tu silencio hablan a tus discípulos, de pertenencia, de acogida del misterio, de pobreza que espera todo, de humildad que sabe que Dios es quien dispone, de fraternidad que acoge, de esperanza en la fidelidad de las promesas de Dios.
María, ayúdanos a vivir nuestra porción de soledad, grande o pequeña, ligada a nuestra condición de criaturas que no pueden franquear los límites del propio misterio, del misterio de los demás.
Ayúdanos a saborear la soledad, en el silencio del corazón donde sólo Dios puede entrar, ese espacio que Dios quiere reservarse para sí.
Ayúdanos a salir al paso de la soledad de nuestros hermanos como Tú hiciste siempre.
Ayúdanos a vivir en el silencio del corazón la presencia del Dios de nuestra vida y saber estar con Él como Tú lo hiciste.
María, hoy nos ofreces tu soledad, tu silencio y quieres que en ellos encuentre a Jesús y a todos los hombres, tus hijos, para que juntos agradezcamos a Él su entrega de amor hasta el extremo.

…palabras de Jesús en la Cruz

…palabras de Jesús en la Cruz

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Nos limitamos a las tres citadas por Lucas… (Cf. Benedicto XVI)
La primera palabra pronunciada por Jesús es una oración de intercesión que dirige al Padre, pidiendo perdón por sus verdugos. Con esto, Jesús cumple en primera persona lo que había enseñado en el Sermón de la Montaña cuando dijo: “Pero yo les digo a los que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odien.” (Lc 6,27) y también había prometido a los que supieran perdonar: “su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo” (Lc 6,35). Ahora, desde la cruz, no solo perdona a sus verdugos, sino que se dirige directamente al Padre intercediendo en su favor.
Jesús en la cruz no solo pide perdón por sus verdugos, sino que también ofrece una lectura de lo que está sucediendo. En sus palabras, de hecho, los hombres que lo crucifican “no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Él sitúa la ignorancia, el “no saber”, como la razón para la petición de perdón al Padre, porque esta ignorancia deja abierto el camino a la conversión, como es el caso de las palabras que dijo el centurión ante la muerte de Jesús: “Ciertamente este hombre era justo” (Lc 23,47), era el Hijo de Dios. “Sigue siendo un consuelo para todos los tiempos y para todos los hombres el hecho de que el Señor… pone la ignorancia como la razón para pedir perdón, la ve como una puerta que se nos puede abrir hacia la conversión.”
La segunda palabra de Jesús en la cruz reportada por san Lucas es una palabra de esperanza, es la respuesta a la oración de uno de los dos hombres crucificados con Él. El buen ladrón frente a Jesús vuelve en sí y se arrepiente, se da cuenta que está frente al Hijo de Dios, y le pide: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino” (Lc 23,42). La respuesta del Señor a esta oración va mucho más allá de la petición y le dice: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Jesús es consciente de entrar directamente en la comunión con el Padre y de volver a abrir el camino al hombre hacia el paraíso de Dios. Así, a través de esta respuesta da la firme esperanza de que la bondad de Dios puede tocarnos incluso en el último momento de la vida, y que la oración sincera, incluso después de una vida equivocada, encuentra los brazos abiertos del Padre bueno que espera el regreso del hijo.
La tercera palabra es un fuerte grito de extrema y total confianza en Dios: “Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. El velo del Santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» y, dicho esto, expiró” (Lc 23,44-46). Esta oración expresa el pleno conocimiento de no ser abandonado. La invocación inicial “Padre”, recuerda su primera declaración de niño de doce años. Entonces había permanecido tres días en el templo de Jerusalén, cuyo velo ahora está rasgado. Y cuando sus padres le habían expresado su preocupación, Él respondió: “Y ¿por qué me buscaban? ¿No saben que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2,49). De principio a fin, lo que determina por completo el sentir de Jesús, su palabra y su acción, es su relación única con el Padre. En la cruz Él vive plenamente, en el amor, esta relación filial con Dios, que anima su oración.
Las palabras pronunciadas por Jesús, después de la invocación “Padre”, retoman una expresión del salmo 31: “En tus manos mi espíritu encomiendo” (Sal 31,6). Estas palabras, sin embargo, no son una simple cita, sino más bien muestran una firme decisión: Jesús se “entrega” al Padre en un acto de total abandono. Estas palabras son una oración de “entrega”, llena de confianza en el amor de Dios. La oración de Jesús antes de su muerte es trágica, como lo es para cada hombre, pero al mismo tiempo, está impregnada por aquella profunda calma que viene de la confianza en el Padre y del deseo de entregarse totalmente a Él. Ahora, en sus últimos momentos, Jesús se dirige al Padre, diciendo cuáles son realmente las manos a las que Él entrega toda su existencia. Antes de partir para el viaje a Jerusalén, Jesús había insistido a sus discípulos: “Escuchen estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres” (Lc 9,44). Ahora, que la vida está por dejarlo, sella en la oración su decisión final: Jesús permitió ser entregado “en manos de los hombres”, pero es en las manos del Padre donde pone su espíritu; así, como dice el evangelista Juan, “todo se ha cumplido”, el supremo acto de amor ha llegado a su fin, al límite que va más allá del límite.
Señor Jesús, gracias por todo el amor que has volcado en la cruz a la que has transformado en instrumento de amor y salvación… Gracias por enseñarnos cómo se puede llegar a amar de verdad…
Acompáñanos en nuestro camino de identificación contigo, apoya nuestra oración y danos la certeza de que, por más dificultades que tengamos, no caeremos nunca fuera de las manos de Dios, esas manos que nos crearon, nos sostienen y nos acompañan en el camino de la vida, porque están conducidas por un amor infinito y fiel.

…día del amor y de la entrega

…día del amor y de la entrega

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El Jueves Santo no es sólo el día de la Institución de la Eucaristía, cuyo esplendor ciertamente se irradia sobre todo lo demás y, lo atrae dentro de sí. También forma parte del Jueves Santo la noche oscura del Monte de los Olivos, hacia la cual Jesús se dirige con sus discípulos; forma parte también la soledad y el abandono de Jesús que, orando, va al encuentro de la oscuridad de la muerte; forma parte de este Jueves Santo la traición de Judas y el arresto de Jesús, así como también la negación de Pedro, la acusación ante el Sanedrín y la entrega a los paganos, a Pilato.
Seguimos a Jesús que va al huerto de los Olivos… Desde el Cenáculo sale en la noche. La noche significa falta de comunicación. Es un símbolo de la incomprensión, del ofuscamiento de la verdad… Es el espacio en el que el mal, que debe esconderse ante la luz, puede prosperar. Jesús mismo es la luz y la verdad, la comunicación, la pureza y la bondad. Él entra en la noche… La noche, en definitiva, es símbolo de la muerte, de la pérdida definitiva de comunión y de vida. Jesús entra en la noche para superarla e inaugurar el nuevo día de Dios en la historia de la humanidad. (Benedicto XVI)
Durante este camino, Él canta con sus Apóstoles los Salmos de la liberación y de la redención de Israel, que recuerdan la primera Pascua en Egipto, la noche de la liberación. Jesús siempre se ha retirado solo al monte a orar, a excepción del momento de la Transfiguración en el que le acompañaban Pedro, Santiago y Juan… Ahora también invita a los mismos tres a ir con Él… Es como si pidiera la limosna de la compañía para el momento en el que va a experimentar la muerte antes de que venga… Los que vieron la manifestación luminosa de la gloria de Dios a través de su figura humana y que lo habían visto en el centro, entre la Ley y los Profetas, entre Moisés y Elías, que le habían escuchado hablar de su «éxodo» en Jerusalén, ahora, son testigos del primer tramo de este éxodo, de la extrema humillación que, sin embargo, era el paso esencial para salir hacia la libertad y la vida nueva, hacia la que tiende el éxodo. Los discípulos, cuya cercanía quiso Jesús en esta hora de extrema tribulación, como elemento de apoyo humano, pronto se durmieron. No obstante, escucharon algunos fragmentos de las palabras de la oración de Jesús… ¿Realmente se durmieron? ¿O fue un “no querer ver” al Maestro en aquellas condiciones?… Sin embargo mirarían asombrados, sin entender y lo que vieron se grabó profundamente en sus almas; así pudieron transmitirlo a los cristianos para siempre. Jesús llama a Dios «Abbá». Y esto significa –como ellos añaden– «Padre». Pero no de la manera en que se usa habitualmente la palabra «padre», sino como expresión del lenguaje de los niños, una palabra afectuosa con la cual nadie osaba dirigirse a Dios. Es el lenguaje de quien es verdaderamente «niño», Hijo del Padre, de aquel que se encuentra en comunión con Dios, en la más profunda unidad con Él.
Con este Padre en quien Jesús tiene puesta toda su confianza es con quien Jesús forcejea. También combate consigo mismo. Y combate por nosotros. Experimenta la angustia ante el poder de la muerte. Esto es ante todo la turbación propia del hombre, más aún, de toda creatura viviente ante la presencia de la muerte. En Jesús, sin embargo, se trata de algo más. En las noches del mal, Él ensancha su mirada… Ve la marea sucia de toda la mentira y de toda la infamia que le sobreviene en aquel cáliz que debe beber. Es el estremecimiento del totalmente puro y santo frente a todo el caudal del mal de este mundo, que recae sobre Él. Él también me ve, y ora también por mí. Él te ve y ora también por ti… Así, este momento de angustia mortal de Jesús es un elemento esencial en el proceso de la Redención. Allí, el Jesús hecho un “ovillo” de humanidad, ora por la humanidad y a la vez lleva en sí mismo el dolor de toda la humanidad… Y se entrega al Padre, siempre en plena comunión con Él y su Voluntad: “Se haga tu Voluntad”…
El ser con el Padre es el núcleo de la personalidad de Jesús. A través de Él, conocemos verdaderamente a Dios. «A Dios nadie lo ha visto jamás», dice san Juan. Aquel «que está en el seno del Padre… lo ha dado a conocer» (1,18). Ahora conocemos a Dios tal como es verdaderamente. Él es Padre, bondad absoluta a la que podemos encomendarnos. Él, que es la bondad, es al mismo tiempo poder, es omnipotente. El poder es bondad y la bondad es poder. Esta confianza la podemos aprender de la oración de Jesús en el Monte de los Olivos. (Benedicto XVI)
Señor Jesús, en nuestras luchas, en nuestros Getsemaní, haz que los ojos de nuestro corazón estén fijos en el Padre de bondad, de amor, que Tú nos has revelado…

…nuestro hermano Judas

…nuestro hermano Judas

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HOMILÍA de Don Pietro Mazzolari (jueves santo 1957)
Mis queridos hermanos, es una escena de agonía y de cenáculo. Fuera es todo oscuro y está lloviendo. En nuestra Iglesia, que se ha convertido en el Cenáculo, no llueve, no hay oscuridad, pero hay una soledad de corazones de los que tal vez el Señor lleva la carga. Hay un nombre, que absorbe la oración de la Misa que estoy celebrando en conmemoración de la última Cena del Señor, un nombre que asusta, es el nombre de Judas, el traidor.
Un grupo de vuestros hijos representa a los Apóstoles, son doce. Estos son todos inocentes, todos buenos, todavía no han aprendido a traicionar, y Dios quiera, que no sólo ellos, sino todos nuestros hijos no aprendan a traicionar al Señor. El que traiciona al Señor, traiciona a su propia alma, traiciona a los hermanos, a su conciencia, a su deber y se convierte en un desgraciado.
Me olvido por un momento del Señor, o mejor dicho el Señor está presente en el reflejo del dolor de esta traición, que debe haber dado a su corazón, un sufrimiento sin límites.
¡Pobre Judas…! Lo que ha pasado en su alma, no lo sé. Es uno de los personajes más misteriosos que encontramos en la pasión del Señor. Ni siquiera trataré de explicarlo, me contento con pedir un poco de piedad para nuestro pobre hermano Judas. No os avergoncéis de asumir esta hermandad. Yo no me avergüenzo, porque sé cuántas veces he traicionado al Señor; y yo creo que ninguno de vosotros debería avergonzarse de él. Y además llamándole hermano, usamos el lenguaje del Señor que cuando recibió el beso de la traición en Getsemaní, le respondió con aquellas palabras que no debemos olvidar, “¡Amigo, con un beso entregas al Hijo del hombre!”
¡Amigo! Esta palabra que os habla de la infinita ternura y del amor del Señor, os ayuda a entender porque yo le he llamado hermano en ese momento. Había dicho en el Cenáculo, ya no os llamaré siervos, sino que os llamaré amigos. Los Apóstoles se han convertido en amigos del Señor: buenos o no, generosos o no, creyentes o no, permanecen siempre amigos. Podemos traicionar la amistad de Cristo, Cristo no nos traicionará jamás a nosotros, sus amigos; incluso cuando no lo merecemos, incluso cuando nos rebelamos contra él, incluso cuando lo negamos. Delante de sus ojos y de su corazón, siempre somos sus amigos. Judas es un amigo del Señor, incluso cuando besándolo, consume la traición del Maestro
Os he preguntado: ¿cómo un Apóstol del Señor acabó siendo traidor? ¿Conocéis, queridos hermanos, el misterio del mal? ¿Podríais decirme cómo hemos llegado a ser malos? Recordad que ninguno de nosotros en algún momento no ha descubierto el mal dentro de sí. Lo vimos crecer y no sabemos por qué nos hemos abandonado al mal, por qué hemos sido blasfemos, por qué hemos incluso negado al Señor. No sabemos por qué hemos dado la espalda a Cristo y a la Iglesia.
En un momento dado, he aquí, que apareció el mal, ¿de dónde salió? ¿Quién nos lo ha enseñado? ¿Quién nos ha corrompido? ¿Quién nos ha quitado la inocencia? ¿Quién nos ha quitado la fe? ¿Quién nos ha quitado la capacidad de creer en el bien, amar el bien, de aceptar el deber, de enfrentar la vida como una misión? Mirad a Judas, nuestro hermano, ¡hermano en esta miseria común y en esta sorpresa!
Pero alguien debe haber ayudado a Judas a convertirse en traidor. Hay una palabra en el Evangelio que no explica el misterio del mal de Judas, sino que nos lo pone delante de una manera impresionante, “Satanás le ha ocupado.” Se apoderó de él, pero alguien tiene que haberlo introducido. Cuántas personas tienen el oficio de Satanás para destruir la obra de Dios, causar desconcierto en la conciencia, suscitar dudas, insinuar la incredulidad, retirar la confianza en Dios, borrar a Dios de los corazones de tantas criaturas. Esta es la obra del mal, es la obra de Satanás que actuó en Judas y puede actuar dentro de nosotros si no tenemos cuidado. Por eso el Señor dijo a sus apóstoles en el Jardín de los Olivos, cuando les pidió que le estuvieran cerca: “Velad y orad para que no entréis en tentación”.
Y la tentación comienza con el dinero. Manos que cuentan el dinero. ¿Cuánto me das si lo entrego en vuestras manos? Y le asignaron treinta piezas de plata. … El Amigo, el Maestro, el que lo había elegido, que había hecho de él un apóstol, el que le había dado la dignidad, la libertad y la grandeza de ser hijo de Dios, vendido por treinta monedas. ¡He aquí el trueque! ¡Treinta monedas de plata! La pequeña ganancia. Vale poco una conciencia, mis queridos hermanos… treinta monedas. Y a veces nos vendemos por menos de treinta monedas de plata. He aquí nuestras ganancias, por las que nos inclinamos a catalogar a Judas como un pésimo hombre de negocios.
Hay algunos que piensan que han hecho un negocio vendiendo a Cristo y negando a Cristo, al aliarse con el enemigo. Creen que han ganado un puesto, un poco de trabajo, han ganado estima, consideración entre algunos amigos que disfrutan de ser capaces de llevar lo mejor que hay en el alma y la conciencia de algún compañero ¿Veis la ganancia? ¡Treinta monedas! ¿En qué se convierten esas treinta monedas de plata?
Veamos a este hombre Judas, en el día en que Cristo está para ser condenado a muerte. Tal vez Judas no había imaginado que su traición llegaría tan lejos. Cuando oyó el “crucifícale”, cuando le vio golpeado casi hasta la muerte en el atrio de la casa de Pilato, el traidor realiza un gesto, un gran gesto. Va al lugar donde todavía estaban reunidos los jefes del pueblo, los que habían tramado aquella compra y de los cuales se había dejado comprar. Tiene la bolsa en la mano, coge las treinta monedas, las arroja; tomad, es el precio de la sangre del Justo. Una revelación de fe le hace medir la gravedad de su crimen. No cuenta más el dinero… Había hecho tantos cálculos, sobre este dinero… El dinero. Treinta piezas de plata. ¿Qué importa la conciencia, qué importa ser cristiano? ¿Qué nos importa Dios? A Dios no le vemos, Dios no nos da de comer, Dios no nos divierte, Dios no da razón a nuestras vidas. ¡Treinta monedas de plata! Y no tenemos la fuerza ni para sostenerlas. Y se van, porque si la conciencia no está tranquila, incluso el dinero se convierte en un tormento.
Hay un gesto, un gesto que denota una grandeza humana. Judas las arroja ¿Creemos que aquella gente entiende algo de este gesto? Las recogen y dicen: “Porque son el precio de sangre las guardaremos aparte, compraremos una parcela de tierra y haremos un cementerio para los extranjeros que mueren durante la Pascua y otras fiestas importantes de nuestro pueblo”.
Así cambia la escena; mañana se descubrirá la cruz, y se verán dos patíbulos, uno es la cruz de Cristo; el otro es un árbol donde el traidor se ahorcó. ¡Pobre Judas, pobre hermano nuestro! El mayor pecado no es vender a Cristo; es él de la desesperación. También Pedro había negado al Maestro, pero el Maestro lo miró y Pedro se echó a llorar… el Maestro lo ha reintegrado a su lugar, le ha devuelto toda su confianza, le hace su Vicario. Todos los apóstoles han abandonado al Señor pero han vuelto, y Cristo les ha perdonado y acogido con la misma confianza. ¿Creéis que no habría habido lugar para Judas si hubiera querido, si hubiera llegado al pie del Calvario, si hubiera mirado al Señor al menos de lejos, desde una esquina o en un punto cualquiera de la calle de la “Vía Crucis”? La salvación le habría alcanzado también a él…
¡Pobre Judas! Una cruz y el árbol de un ahorcado. Los clavos y una cuerda. Comparemos estos finales. Me diréis, “Murió uno y muere el otro”. Pero me gustaría preguntaros ¿cuál es la muerte que elegimos, en la cruz como Cristo con la esperanza puesta en Él, o ahorcados, desesperados, sin esperar nada…?
Perdonadme si en esta noche que se suponía tenía que ser de intimidad, os he traído algunas consideraciones dolorosas, pero yo también amo a Judas, Judas es mi hermano. Rezaré por él esta noche, porque yo no le juzgo, yo no le condeno. Me debería juzgar y condenar a mí mismo… No puedo dejar de pensar que incluso en Judas la misericordia de Dios, el amor que expresa esa palabra amigo, que le dirigió el Señor mientras le daba el beso con que le entregaba, se abrieran camino y marcaran una huella en su pobre corazón. Y quizá recordando la palabra y la aceptación del beso, Judas haya sentido que el Señor todavía lo amaba y lo recibía entre los suyos. Tal vez ha sido el primer apóstol que llegó junto con los dos ladrones. Un desfile que sin duda no hace honor al Hijo de Dios, pero que es una magnifica expresión de su infinita misericordia.
Y ahora, antes de reanudar la Misa, repetiré el gesto de Cristo en la Última Cena, lavando a nuestros niños que representan los apóstoles del Señor entre nosotros, besando los pies inocentes. Y dejad que piense por un momento al Judas que tengo dentro de mí, al Judas que tal vez cada uno de vosotros tiene dentro de sí. Y permitidme que yo pida a Jesús, a Jesús que está en agonía, a Jesús que nos acepta como somos, dejadme que le pida, como gracia pascual, sentir que me llama amigo.
La Pascua es esta palabra dicha a un pobre Judas como yo, a unos pobres Judas como vosotros. Este es el gozo pascual: Cristo nos ama, Cristo nos perdona, Cristo es nuestra esperanza.
Aunque nos rebelemos contra Él, aunque le neguemos o blasfememos de Él, aunque rehusemos al sacerdote en el último momento de nuestra vida, recordemos que para Él siempre seremos los “amigos”.

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