23. “¿Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

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Hoy, día en el que la Iglesia universal celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, nos dejamos tocar por la pregunta, más entrañable y dolorosa a la vez, lanzada por Jesús desde la Cruz.
Es ésta la última pregunta de Jesús: una pregunta que es un grito. Dice el evangelio. “A media tarde Jesús grito con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Una pregunta grito que rompe el aire, atraviesa el cielo y… vuelve al silencio más duro que Jesús haya vivido.
Es una pregunta que expresa la realidad que Jesús vive, la del abandono del Padre y a la vez la fidelidad a “su Dios”. “Dios mío”… Su Dios sigue siendo su Dios, aún en esta dolorosa realidad. Me pregunto si no sería este grito que conmovería el corazón del centurión y le haría hacer la primera confesión de fe de un pagano: “Verdaderamente este era Hijo de Dios”.
Ante esta pregunta cabe solo el humilde agradecimiento por una entrega vivida así. El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, experimenta no solo la derrota, sino el abandono del Padre. Siente la herida de la lejanía de Aquel que sigue siendo su Dios…
En este angustioso y doloroso momento ÉL ES EL HOMBRE… Allí está más cercano a nosotros que en Belén o en Galilea, curando, sanando, enseñando… En esta pregunta entendemos la verdad de la Encarnación… El Verbo se hizo realmente carne, compartió la suerte y el sufrimiento humano… Desde entonces, por sola que sea nuestra soledad, tendrá una compañía, porque algo de nosotros cuelga de la cruz de Jesús… algo de cada hombre está allí, algo que aflora y vive en el hombre que sufre. Porque este hombre no sufre solo, sino con el Crucificado.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”… Es la pregunta de un salmo, por eso tiene aun mayor sentido porque resume los llantos y amarguras de su pueblo. Con esta pregunta Jesús hace converger hacia Él todo el dolor que experimentó y experimenta la humanidad en el mundo.
Jesús, gracias por esta pregunta que me lleva a comprender aún más algo del infinito amor que sientes por cada hombre… Todas las persona estamos en ese “por qué”… todo el dolor del mundo se encierra en ese “por qué”… Y todo lo que hoy vivimos de dolor, violencia, horrores, sufrimiento… solo tiene sentido en ese “por qué me has abandonado”.
Jesús, haz que sepamos encontrar sentido al sin sentido que vivimos, mirándote a ti Crucificado, haz que comprendamos que Tú, Crucificado, no te detuviste en la pregunta. Seguiste rezando el salmo con las briznas de vida que aún palpitaban en tu cuerpo. Y en el silencio de tu corazón dijiste: “Cantaré tu fama a mis hermanos, en plena asamblea te alabaré” (Sal 22, 23)
Corazón de Jesús, haznos capaces de encontrar en ti, Crucificado, el sentido del dolor del mundo.

22. “¿Lo dices por tu cuenta o te lo han dicho de mí?” (Jn 18,34)

22. “¿Lo dices por tu cuenta o te lo han dicho de mí?” (Jn 18,34)

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Jesús no se amedrenta… Está solo ante Pilato, con toda su dignidad y su grandeza… El poder de Roma frente a la HUMILDAD de Dios…
Pilato y Jesús… El uno víctima de un juego de pasiones, de poderes, esclavo de sus ambiciones… apoyado en la fuerza de sus apariencias, pies de barro fácilmente desmoronables… El OTRO, verdadero Señor de este pedazo de historia que se va convirtiendo en el comienzo de una NUEVA HISTORIA, de un nuevo reino, el verdadero, el reino de justicia, de amor y de paz.
Pilato quiere entrar en diálogo con Jesús sirviéndose de una pregunta: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús no contesta a esta pregunta, pero sí formula otra que es reveladora de su deseo de liberar a este hombre de las cadenas que aprisionan su libertad: “¿lo dices por ti mismo?”… ¿Tienes realmente tu opinión? ¿Quieres en verdad escuchar la respuesta? ¿Eres capaz de hablar con una palabra personal, honesta, elaborada por ti mismo?… Es un modo para invitarle a tener una opinión personal, a dar razón por sí mismo de las situaciones…
Jesús, a mí también me viene bien escuchar esta pregunta y formulármela incluso yo misma… ¿Tengo el valor de tener mi opinión madurada a la luz de tu verdad, tengo el valor de confesarte CAMINO, VERDAD Y VIDA, aun cuando me aleje de la opinión corriente? No sé si siempre tengo la valentía de ser sanamente independiente y no caer en la tentación de acoger el “ser moderno” como la suprema norma de la moralidad y de la vida, de vivir al amparo de la mayoría…
Jesús, con esta pregunta me invitas a vivir la libertad interior, a escuchar de ti la verdad sobre Dios y sobre el hombre, a tener el corazón abierto para escuchar la respuesta a la pregunta de Pilato que se quedó sin respuesta… “¿Qué es la verdad?”
Corazón de Jesús, abre mi corazón a la acogida de la verdad…

21. “¿Por qué me preguntas a mí?” (Jn 18,21)

21. “¿Por qué me preguntas a mí?” (Jn 18,21)

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“¿Por qué me preguntas a mí? Pregúntales a los que me han escuchado y que ellos digan qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho”… La Palabra calla y cede el paso a los que la han recibido y la custodian y la anuncian.
“¿Por qué me preguntas a mí?” Quien dice esto es la Palabra hecha carne, respuesta divina a las más hondas preguntas. Es la Palabra que al humanizarse ha podido utilizar lenguaje humano para que los hombres pudieran saborear el diálogo íntimo de la Trinidad. Es la Palabra que no solo ha revelado el misterio íntimo de Dios, sino que haciéndose carne se asoció al destino del hombre para dignificarlo y divinizarlo. Es la Palabra que nos revela el plan de Dios sobre el hombre.
Y ahora, cuando está por entregar su vida… quiere callar… quiere que tomen la palabra los que la escucharon… “los que han oído lo que he dicho”. Al callar Jesús, palabra del Padre, nos pide que anunciemos lo que hemos escuchado, aquello de lo que Él nos ha hablado. “Ellos saben lo que he dicho”…
Señor Jesús, ¿lo sé de verdad? ¿Y este saber lleva el olor a tu presencia? ¿Lo que puedo decir es lo esencial de tu mensaje? ¿Lo que digo es expresión de mi fe en Ti, Cristo vivo, mi Señor?
Jesús, haz que mis palabras sean realmente cauce de tus palabras… que mi lenguaje humano pase por mis sentidos “habitados” por Ti…
Corazón de Jesús, hazme cauce veraz de tu Palabra…

20. “¿Por qué me golpeas?” (Jn 18,23)

20. “¿Por qué me golpeas?” (Jn 18,23)

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Esta mañana en la liturgia Eucarística hemos escuchado esta palabra de Jesús “si uno te da una bofetada en la mejilla derecha, ofrécele también la otra” (Mt 5,39)… Sin embargo llega un momento, aquel en que se sitúa esta pregunta, en el que Jesús no ofrece la otra mejilla… Y es que pronto va a ofrecer su vida entera… Se ofrecerá entero Él para ser clavado en la cruz… Lo que quiere es enseñarnos a vivir en cada momento lo que es de más agrado de Dios… a discernir qué es lo mejor en cada momento, cuál es el mayor bien.
“¿Por qué me golpeas?” Y antes, en una actitud de soberana libertad, ha dicho: “si he hablado mal, demuéstrame la maldad. Pero si he hablado bien… ¿por qué me golpeas?”
No nos dicen cuál es la reacción de los soldados frente a esta pregunta… Así como el golpe baja de las mejillas de Jesús hasta su corazón, el corazón que más ha amado a estos hombres que le golpean, la pregunta de Jesús llegaría hasta el corazón de aquellos que descargan sobre un inocente sus frustraciones, sus agresividades acumuladas… Aunque sea por unos segundos el “¿por qué me golpeas?” situaría a estos hombres ante el sin sentido de lo que viven… A esto mira la pregunta de Jesús… a que vean la razón última de sus actos…
Jesús, aún ahora resuena tu pregunta: “¿Por qué me golpeas?”… Tú has dicho “lo que haces a uno de estos pequeños lo haces a mi”… Entonces… cada vez que ofendo, que hiero con la violencia de la palabra o de la ironía, me preguntas “¿Por qué me golpeas?”… porque lo que hago a mis hermanos lo hago a Ti.
Y Tú quieres que me pregunte a mí mismo: ¿Por qué descargo mi agresividad sobre los demás? ¿Por qué hiero sin ton ni son…? Tú quieres que yo afronte la verdad de mis actos…
Jesús, ¿cuándo finalmente creeré que en mi hermano, en cada hermano, estás Tú presente, vivo, y que cuando le persigo o golpeo, mis golpes llegan a Tu Corazón?… ¿Cuándo llegaré al fondo de mi propia verdad, para ofrecértela y para que la purifiques en la tuya?
Corazón de Jesús, contágiame tu mansedumbre y tu libertad…

19. “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su vida?” (Mt 16,26)

19. “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su vida?” (Mt 16,26)

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¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo a costa de su vida? ¿Qué precio pagará por su vida? Esta doble pregunta de Jesús sigue a unas afirmaciones que evidentemente descolocan a sus oyentes y confirma lo dicho antes por Él: “quien se empeñe en salvar la vida la perderá”…
Es la pregunta que sacudió a S. Francisco Javier y que aún hoy resuena en el mundo… Quizás su eco se pierde en la atmosfera… Cuan poca gente se la plantea… Es bueno mirar al trasluz de esta pregunta nuestros valores, criterios, ideales… Y tratar de descubrir que es verdaderamente lo más importante en la vida… Jesús nos propone un camino, el camino de la puerta estrecha. Nos recuerda que quien pierde su vida por el Señor la conservará. Pero nos tropezamos en el mundo con un lenguaje muy distinto… El de la afanosa búsqueda del triunfo en todos los campos, el de los primeros puestos, de la competitividad. El lenguaje de la competencia por triunfar, sobresalir… el lenguaje del dinero a toda costa… el lenguaje de la adicción a todo lo que es un campo de éxito… Los medios se convierten en fin y nos esclavizan… “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde la vida?”
Porque es esto que se logra dejándose arrastrar por estas rutas… ir perdiendo la capacidad de vivir, la alegría de amar, de darse y dar, de disfrutar de un tiempo para compartir, para servir… en definitiva un tiempo para ser personas felices, que saben no ambicionar riquezas, que saben encontrar en sí misma el gozo de la propia dignidad que no se cifra en el tener, en el aparentar… sino en el SER.
La pregunta de Jesús tiene un colofón. Es la invitación a mirar la gloria que Él alcanza en la cruz…
Jesús, ayúdame a comprender todo el sentido que encierran tus palabras: “quien pierde la vida por mí la conservará”… y ayúdame a preguntarme sobre “mis tentaciones”, las de lo cotidiano, las que pueden empujarme a encerrarme en mi egoísmo, a cerrar los ojos y el corazón a las necesidades de los demás, de los más pobres… Haz que camine por las sendas de la verdadera libertad y felicidad cristianas que solo se encuentran en la escucha y el cumplimiento de tu Palabra.
Corazón de Jesús, guíame por las sendas de la VIDA que Tú has venido a traer…

 

 

18. “¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno?”(Mt 19,17)

18. “¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno?”(Mt 19,17)

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Jesús se encuentra con una persona -Mateo nos habla de un joven- que claramente manifiesta una actitud de búsqueda, de desconcierto, de deseo de algo más a juzgar por la pregunta que dirige a Jesús… ¿Qué he de hacer yo de bueno?…
Jesús le contesta con otra pregunta “¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno?”… Como siempre Jesús, el Maestro, pregunta para que la persona vaya al fondo de sus mismos deseos, para descubrir su verdadera raíz. Es como si quisiera ponerle frente a su mismo desconcierto, al hecho de no saber el mismo el alcance de su pregunta, porque quizás no sabe bien lo que quiere… Quizás lo que sabe es que desea salir de su mediocridad. Pero Jesús le ayuda a tocar el verdadero sentido de su pregunta con una aclaración… “Solo uno es bueno”. Es como si le preguntara si está dispuesto a entrar en la misma lógica del ÚNICO BUENO, a vivir según otros cánones, otros esquemas, otro estilo que refleje la BONDAD DEL ÚNICO BUENO… Él mismo refiere la bondad solo al PADRE… no quiere atribuírsela a sí mismo que por otro lado es la bondad de Dios manifestada en la carne.
Jesús, cuántas veces me pongo ante ti quizás con toda la sinceridad de que soy capaz, manifestándote mis deseos de “algo más”. Y Tú me llevas poco a poco, con delicadeza, a situarme frente a mi poca apertura hacia lo que realmente eres: el ÚNICO BUENO, la ÚNICA VERDAD… Y me preguntas si estoy dispuesta a dejar todo lo que me separa de tu modo de vivir, de la lógica del REINO… si estoy dispuesta a dejar lo que no me facilita el acceso a esa puerta abierta que es tu corazón, desde donde parte todo tu amor, tu misericordia…
Y nos preguntas a todos si estamos dispuestos a creer en ti, si estamos dispuestos a revisar nuestros criterios acerca de lo que es bueno, si estamos dispuestos a afinar nuestro espíritu para tener un mismo corazón contigo.
Jesús, haznos capaces de entender que Tú no impones nada a nadie… solo nos invitas a una decisión, a una aventura, a un riesgo: a atrevernos a ser como Tú y compartir contigo la vida.
Corazón de Jesús… Con tu amor y tu gracia, contigo y como Tú.

 

17. “¿Quién son mi madre y quiénes son mis hermanos?” (Lc 8,21)

17. “¿Quién son mi madre y quiénes son mis hermanos?” (Lc 8,21)

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¿Cómo se quedarían ante esa respuesta de Jesús aquellos que creían que más o menos conocían a Jesús solo porque sabían que era hijo del carpintero de Nazaret?… Conocían a María y podían señalar a sus parientes. Tal vez sabían que Él era un brote lejano de la rama de Jesé… un descendiente de la familia del rey David. Pero con ese conocimiento superficial era muy difícil que llegaran a entender de verdad el misterio de María y la raíz de su maternidad. Y Jesús con esta pregunta los lleva a captar el alma del Evangelio. A ellos y a nosotros nos permite conocer en profundidad los criterios que usaba el maestro para entender al hombre. “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”… Con esta pregunta nos lleva lejos, nos lleva a cambiar perspectiva y horizontes. Conocemos su respuesta que nos indica un camino novedoso para entender al hombre y nos enseña simultáneamente el centro del evangelio: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Lc 8, 21). Con eso tal vez hacía la mayor alabanza de María… Lo esencial de su vida fue hacer la Voluntad del Padre y esta obediencia al Padre selló el comienzo de nuestra historia de salvación. Ahí estuvo su grandeza, su libertad. María es madre de Cristo porque cumple la Voluntad de Dios…
Jesús, Tú das la más acabada definición de tu Madre al responder a una pregunta que sirve de sacudida… ¿Y a mí concretamente, qué me quieres decir? Siento que es como si quisieras despertar en mí la responsabilidad de una respuesta más radical, más en línea con las exigencias de mi ser cristiana… Es como si Tú me dijeras: te he regalado el ser hija de Dios, la pertenencia de tu ser a Dios como Padre… Por mí corre sangre de Dios en tus venas. Pero ¿te das cuenta de que poco estás vinculada al Dios que manifiesta su Voluntad de amor en tu vida?… ¿qué poco vives en su Presencia, atenta a su querer en lo cotidiano? Son mis hermanos aquellos que viven según Dios, que dejan a Dios ser Dios en su vida, fieles hacedores de su voluntad… ¿Quieres ser así? Estoy aquí para sostenerte con mi amor y mi gracia…
Corazón de Jesús, enséñame cómo se llega a vivir escuchando y haciendo lo que es del agrado de Dios, en las pequeñas y grandes cosas de cada día… Enséñame a dejarme conducir por tu Madre María…

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