28. ”¿Por qué has dudado?” Mt 14,31

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Esta pregunta hecha por Jesús a Pedro le hace tomar conciencia de la inmadurez de su fe y de la consistencia de sus miedos que aún no han sido sanados… Pedro no teme porque se hunde, se hunde porque teme…
Pedro tiene confianza en Jesús, y sabe y cree que si esa especie de fantasma que ven caminar sobre las aguas es Jesús, seguro que podrá alcanzarlo caminando él también de la misma manera. Y obedece a Jesús que le dice “Ven”. Pedro no hace las cuentas con su fe aún frágil… Ama a Jesús, cree en los signos que realiza… cree que si está con Él todo va bien .Y obedeciendo a su voz camina sobre las aguas gozoso, con los ojos fijos en Él. Pero cuando deja que su mirada y su preocupación se fijen en el viento, se hunde… “al sentir el fuerte viento tuvo miedo, entonces empezó a hundirse”… Pesó en él más la violencia de los elementos naturales que la fe en Jesús… Y la duda fue el paso para la fe… “Tú puedes salvarme”.
Esta pregunta de Jesús es para mí, para ti, para todos… Cuando ya no hay apoyo humano, cuando todo parece terminar, aún podemos gritar, con la fe fuerte en el Señor: “Sálvame”…
Corazón de Jesús, fortalécenos en la duda humilde, que parte de nuestra pobreza, de nuestros límites… Haz que en la duda recordemos que en nuestro mar no estamos solos, que aun cuando perdemos nuestras seguridades humanas podemos volvernos a ti en nuestra impotencia y decirte “Sálvanos”…
Corazón de Jesús, fortalece nuestra confianza total y absoluta en ti.

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27. “¿De qué hablabais por el camino?” Mc 9,33

27. “¿De qué hablabais por el camino?” Mc 9,33
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Es fácil contemplar una escena muy familiar para quien lee el evangelio: la de Jesús que camina con sus discípulos, que a veces se atrasa o adelanta, otras va en silencio, pero siempre atento a la dinámica relacional que se va creando en el grupo… Al ver la animación de los suyos les pregunta de qué hablan o discuten… Por lo menos dos veces en los evangelios Jesús pregunta a sus discípulos expresamente de qué están hablando… Él sabe de la importancia de la comunicación en la formación de los suyos… Se interesa por lo que dicen, cómo lo dicen, qué sienten… Son sus futuros apóstoles.
La misma pregunta más o menos hace en el camino de Emaús -¡claro está!- con una finalidad pedagógica muy especial (Lc 24,17)… Están saliendo de Jerusalén con encima la losa del fracaso… porque esto ha sido para ellos la muerte de Jesús…
Le entristecería al Señor que la conversación en ambos casos fuese poco pertinente al evangelio, a la fe… En el primer caso discutían sobre quien era más importante, en el camino de Emaús, manifestaban una falta total de esperanza y poca fe en las promesas de la Escritura y del mismo Jesús…
Cuántas veces nos encontramos en situación de recibir la misma pregunta de Jesús, nosotras, personas que vivimos en el llamado “sexto continente”, en el mundo de la comunicación virtual…
Jesús, quizás nos preguntarías: ¿por qué estáis tan callados, solamente atentos a los medios e ignorando al que os está cerca? O bien: ¿aquello de lo que habláis afecta de verdad a vuestra vida, o solo llena el silencio que os asusta?… Y como Tú, Jesús, quieres que el lenguaje sea “sí-sí” o “no-no”, pienso que me pedirías decir:
SÍ a la palabra que canaliza amor, alegría, verdad; a la comunicación que construye, mantiene vivas las relaciones; al diálogo que se abre a los intereses, sufrimientos, esperanzas del mundo, de la Iglesia; a una conversación sencilla y directa, reflejo de ternura, de sana preocupación por el otro…
NO a la conversación canalizadora de prejuicios, groserías; a la palabra hueca, que no tiene enganche ninguno con la experiencia de la vida; a la comunicación que alimenta la superficialidad…
Corazón de Jesús, contágiame tus sentimientos… orienta mis silencios para que se carguen de sentido y den paso a unas palabras construidas en ese clima. Hazme capaz de diálogo contigo que enriquezca y dé consistencia evangélica al diálogo con los demás…

26. “¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios?” Jn 5,44

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Esta pregunta nos sitúa frente al tema de la incredulidad… Es una pregunta que sale espontánea y dolorosamente del corazón de Jesús que intenta abrir el corazón cerrado de sus oyentes a la comprensión de su misión… Con el discurso que enmarca la pregunta intenta robustecer la fe de los que creen en Él y desenmascarar los pretextos de incredulidad de los judíos, y remite al testimonio del Padre que le ha enviado.
El Verbo de Dios ha puesto su tienda entre nosotros y los suyos, el pueblo elegido, salvado y conducido por Dios, no lo reciben… ¿Por qué?
Esta pregunta me golpea… ¿En qué pongo mi gloria, mi fundamento, mi felicidad? ¿Busco el reconocimiento de otros, gratificaciones, compensaciones para ahogar en ellas el sentimiento de mi pequeñez?… Y encima me justifico con la influencia del mundo que me rodea, porque los criterios del mundo van por la búsqueda desordenada de la gloria, del prestigio, del honor… Es cierto: la cultura en que nos movemos tiende a poner el “yo” como centro de toda referencia, un “yo” que troncha todo altruismo. A esa cultura, y a mí que vivo en ella, Jesús recuerda, con esta pregunta, implícitamente que el hombre solo llega a su plenitud abriéndose a Dios… En Jesús comprendemos que la gloria de Dios y la del hombre se unen si el amor de Dios llena la vida del hombre y la lleva a la búsqueda de su verdadero fin: amar y servir a Dios en los hombres…
Pues sí, Jesús, acojo tu pregunta, la acojo para mí y para los que comparten mi inquietud…
Corazón de Jesús, llévame hacia la búsqueda de la gloria de Dios… tu gloria, la gloria del triunfo de tu reino en lo sencillo, lo humilde, lo pequeño… la gloria que nace del amor llevado hasta el extremo… La gloria que Tú diste al Padre con tu muerte y resurrección…

25. “Podéis beber el cáliz que yo he de beber?”
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Esta pregunta de Jesús está dirigida a dos de sus discípulos, cuya madre pide a Jesús que sus hijos estén sentados uno a su derecha y otro a su izquierda en su reino… Jesús con una pregunta les pone frente a una realidad: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?”… Es decir, ¿podéis realmente ir por mi camino?
En definitiva… ¿Eres capaz de dar la vida apurando el cáliz hasta el fondo? ¿Eres capaz de afrontar el Getsemaní y la cruz?… Lo que les pregunta en definitiva es si están dispuestos a dejarlo todo.
La pregunta es dura y parece quitar poesía al evangelio… Lo que importaba a la madre es un puesto en el reino para sus hijos. Pero ¿qué reino? La gran tentación del cristiano aún hoy es adaptar el reino a la lógica del mundo, asociarlo a la idea del poder mundano, de la riqueza…
Jesús les hace volver a la realidad… “el cáliz que yo he de beber” Es el cáliz del amor vivido hasta el extremo de la cruz, el cáliz que por otro lado -paradójicamente- se convierte en un cáliz signo de alegría, de la verdadera hermandad y memorial de nuestra fe. El cáliz que alegra el corazón del hombre…
Es el misterio del cristianismo. El que da la vida la gana. El grano de trigo que se deshace es fecundo en espigas y gavillas…
Corazón de Jesús, haz que escuchemos tu pregunta, desafío a nuestras ambiciones… Haz que nuestra respuesta sea la de los discípulos: “podemos…” Sí, podemos con tu fuerza, con tu poder, con tu gracia…
Corazón de Jesús, haz que lleguemos a decir SÍ a las exigencias de la radicalidad de tu evangelio, porque tu amor y tu gracia nos sostiene.

24. “¿Creéis que he venido a traer paz?”(Lc 12,51)

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“¿Creéis que he venido a traer paz?”… Nos puede sonar chocante esta pregunta de Jesús. El profeta lo anunció como príncipe de la paz… La paz es el clima que rodea la era mesiánica, y ahora Jesús, de forma contundente pregunta: “¿Creéis que he venido a traer paz?”… Y en el correspondiente pasaje de Mateo afirma que ha venido a traer discordia. Por otro lado, después de la resurrección, se presentará a sus discípulos siempre con un saludo de paz, como si la PAZ fuera la señal propia de su presencia de resucitado.
Entonces… ¿qué nos quiere decir lanzándonos esta pregunta desconcertante y al parecer contradictoria para los que vemos en Jesús la encarnación de la paz, los que creemos que solo Él puede dar la paz que el mundo no puede dar?… Sencillamente que Él NO trae la paz que se funda en la mentira y las apariencias… ¡Qué lejos está su paz de aquella paz que se mastica en el mundo… la paz “armada”, la paz que se impone por la fuerza, por el poder real o solapado, aquella paz de “cementerios” donde nadie opina y donde nadie puede disentir… aquella paz que esconde conflictos que huyen de la comunicación como sanación. Cuántas veces creemos que tenemos paz solo porque hay tranquilidad aparente, se orillan los problemas y se vive el bienestar fruto del dejar correr las cosas…
Esta es la paz que NO ha venido a traer Jesús… La paz que ha traído Jesús con su vida muerte y resurrección, es la paz fruto de la lucha contra el egoísmo, contra la incoherencia, contra lo que se opone a la verdad y al amor… Es una paz fruto de la lucha por reconstruir en sus raíces las relaciones entre los hombres, por cambiar la lógica del mundo.
Corazón de Jesús, haz resonar en el nuestro aquellas consoladoras palabras “la paz os dejo, mi paz os doy, y no como la da el mundo”… Ayúdanos a huir de la falsa paz del mundo y a buscar y luchar por alcanzar y difundir a nuestro alrededor la paz, tu PAZ…
Corazón de Jesús, haznos constructores de tu reino de PAZ.

23. “¿Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

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Hoy, día en el que la Iglesia universal celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, nos dejamos tocar por la pregunta, más entrañable y dolorosa a la vez, lanzada por Jesús desde la Cruz.
Es ésta la última pregunta de Jesús: una pregunta que es un grito. Dice el evangelio. “A media tarde Jesús grito con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Una pregunta grito que rompe el aire, atraviesa el cielo y… vuelve al silencio más duro que Jesús haya vivido.
Es una pregunta que expresa la realidad que Jesús vive, la del abandono del Padre y a la vez la fidelidad a “su Dios”. “Dios mío”… Su Dios sigue siendo su Dios, aún en esta dolorosa realidad. Me pregunto si no sería este grito que conmovería el corazón del centurión y le haría hacer la primera confesión de fe de un pagano: “Verdaderamente este era Hijo de Dios”.
Ante esta pregunta cabe solo el humilde agradecimiento por una entrega vivida así. El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, experimenta no solo la derrota, sino el abandono del Padre. Siente la herida de la lejanía de Aquel que sigue siendo su Dios…
En este angustioso y doloroso momento ÉL ES EL HOMBRE… Allí está más cercano a nosotros que en Belén o en Galilea, curando, sanando, enseñando… En esta pregunta entendemos la verdad de la Encarnación… El Verbo se hizo realmente carne, compartió la suerte y el sufrimiento humano… Desde entonces, por sola que sea nuestra soledad, tendrá una compañía, porque algo de nosotros cuelga de la cruz de Jesús… algo de cada hombre está allí, algo que aflora y vive en el hombre que sufre. Porque este hombre no sufre solo, sino con el Crucificado.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”… Es la pregunta de un salmo, por eso tiene aun mayor sentido porque resume los llantos y amarguras de su pueblo. Con esta pregunta Jesús hace converger hacia Él todo el dolor que experimentó y experimenta la humanidad en el mundo.
Jesús, gracias por esta pregunta que me lleva a comprender aún más algo del infinito amor que sientes por cada hombre… Todas las persona estamos en ese “por qué”… todo el dolor del mundo se encierra en ese “por qué”… Y todo lo que hoy vivimos de dolor, violencia, horrores, sufrimiento… solo tiene sentido en ese “por qué me has abandonado”.
Jesús, haz que sepamos encontrar sentido al sin sentido que vivimos, mirándote a ti Crucificado, haz que comprendamos que Tú, Crucificado, no te detuviste en la pregunta. Seguiste rezando el salmo con las briznas de vida que aún palpitaban en tu cuerpo. Y en el silencio de tu corazón dijiste: “Cantaré tu fama a mis hermanos, en plena asamblea te alabaré” (Sal 22, 23)
Corazón de Jesús, haznos capaces de encontrar en ti, Crucificado, el sentido del dolor del mundo.

22. “¿Lo dices por tu cuenta o te lo han dicho de mí?” (Jn 18,34)

22. “¿Lo dices por tu cuenta o te lo han dicho de mí?” (Jn 18,34)

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Jesús no se amedrenta… Está solo ante Pilato, con toda su dignidad y su grandeza… El poder de Roma frente a la HUMILDAD de Dios…
Pilato y Jesús… El uno víctima de un juego de pasiones, de poderes, esclavo de sus ambiciones… apoyado en la fuerza de sus apariencias, pies de barro fácilmente desmoronables… El OTRO, verdadero Señor de este pedazo de historia que se va convirtiendo en el comienzo de una NUEVA HISTORIA, de un nuevo reino, el verdadero, el reino de justicia, de amor y de paz.
Pilato quiere entrar en diálogo con Jesús sirviéndose de una pregunta: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús no contesta a esta pregunta, pero sí formula otra que es reveladora de su deseo de liberar a este hombre de las cadenas que aprisionan su libertad: “¿lo dices por ti mismo?”… ¿Tienes realmente tu opinión? ¿Quieres en verdad escuchar la respuesta? ¿Eres capaz de hablar con una palabra personal, honesta, elaborada por ti mismo?… Es un modo para invitarle a tener una opinión personal, a dar razón por sí mismo de las situaciones…
Jesús, a mí también me viene bien escuchar esta pregunta y formulármela incluso yo misma… ¿Tengo el valor de tener mi opinión madurada a la luz de tu verdad, tengo el valor de confesarte CAMINO, VERDAD Y VIDA, aun cuando me aleje de la opinión corriente? No sé si siempre tengo la valentía de ser sanamente independiente y no caer en la tentación de acoger el “ser moderno” como la suprema norma de la moralidad y de la vida, de vivir al amparo de la mayoría…
Jesús, con esta pregunta me invitas a vivir la libertad interior, a escuchar de ti la verdad sobre Dios y sobre el hombre, a tener el corazón abierto para escuchar la respuesta a la pregunta de Pilato que se quedó sin respuesta… “¿Qué es la verdad?”
Corazón de Jesús, abre mi corazón a la acogida de la verdad…

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