23 de Junio

El hombre en el centro.

En aquel tiempo, entró Jesús en una sinagoga y había un hombre que tenía la mano paralizada. Los fariseos estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?» Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con tristeza, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle. (Mc 3,1-6)

En los Evangelios, muchas páginas hablan de los encuentros de Jesús con los enfermos y su compromiso por sanarlos. Se presenta públicamente como un luchador contra la enfermedad y que ha venido para sanar al hombre de todo mal: El mal del espíritu y el mal del cuerpo.

En la sinagoga en la que Jesús entra está presente un hombre con una mano atrofiada. Algunos, no bien identificados, aunque, a buen seguro, hostiles a Jesús, «le estaban espiando para ver si lo curaba en sábado y tener así un motivo para acusarle». Se trata de personas prevenidas, prisioneras de las sospechas y envenenadas por los resentimientos. Les falta la libertad de una relación serena, de una escucha virgen de la realidad. Jesús sale enseguida al descubierto, toma la iniciativa y ordena al enfermo que se ponga en medio. La posición espacial remite metafóricamente a la espiritual: el ser humano debe estar en el centro, siempre.

La pregunta de Jesús sirve para plantear el problema de manera correcta y para situar el centro de gravedad de la discusión. Para sus adversarios, el dilema se situaba en la licitud o ilicitud de la curación en sábado. La alternativa -sugiere Jesús, en cambio- no se sitúa entre realizar o no una acción (perspectiva de los adversarios de Jesús), sino entre realizar el bien o el mal, idea reformulada con esta expresión: salvar una vida o destruirla. La tristeza envuelve a Jesús por dentro al ver el efecto devastador de una soberbia obstinación en las personas que no se abren a la evidencia de la realidad porque están mezquinamente empeñadas en aprisionar todo y a todos en sus esquemas estrechos.

Jesús pasa a la acción y cura al enfermo, mostrando la prioridad del bien y de la salvación de la vida sobre los rígidos esquemas del descanso sabático. Aparentemente, Jesús ha infringido la ley, al contravenir el descanso del sábado. Lo que hace en realidad es ayudar a comprender el espíritu de la ley, a considerarla en su interior y a extraer las debidas aplicaciones. La gloria de Dios -fin último de la observancia de la ley- no entra en competición con el bien del hombre. Colocar al ser humano en el centro del interés significa reconocerle la altísima dignidad de la que ha sido revestido por Dios. Y Dios se siente glorificado cuando se le restituyen al hombre la dignidad y la salud, cuando se le dan amor y futuro. Es el sábado de Dios puesto al servicio del hombre.

Jesús, nos alegra tener una ley que nos guía y nos orienta, una voz que nos encamina hacia la elección del bien, la voz de tu Espíritu. También somos conscientes de que muchas veces la eludimos para seguir nuestro instinto de autonomía. Otras veces la tomamos como pretexto para defender nuestras posiciones, para acusar o enredar a los otros. Tanto en uno como en otro caso, consideramos la ley como una realidad exterior y distinta. Ayúdanos a comprender que Tú eres la verdadera ley, la escrita en los corazones y en tu Palabra. Concédenos un “oído fino” para escucharla, una voluntad robusta para cumplirla y un amor delicado para vivirla como parte constitutiva de nosotros mismos.

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22 de Junio

Levántate, toma tu camilla y anda…

Entró de nuevo en Cafarnaúm; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y Él les anunciaba la Palabra. Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde Él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?» Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, toma tu camilla y anda?” Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados – dice al paralítico -: “A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.”» Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida». (Mc 2,1-12)

¡Qué atrayente es la persona de Jesús! ¡Se juntaron tantos que ni aun junto a la puerta cabían! Es cautivadora su figura porque refleja el amor del Padre. Él les hablaría del amor misericordioso de Dios que perdona al que le ofende y luego de perdonarle le ama como al más querido de sus hijos. No le guarda resentimiento, sino que le da todo lo que daría al hijo fiel y todavía más porque sabe que es débil y necesita de un mayor amor y cuidado.

Sin embargo, no todos los presentes le escuchaban por primera vez, al menos así parece por la forma de actuar. Quizá le estaban siguiendo desde tiempo atrás, quizá le habían visto obrar y habían convivido con Él. No lo sabemos. El hecho es que aparecen cuatro personas que conducen a un enfermo a Cristo. ¿Por qué lo hacen? Lo más seguro es que ya conocían al Maestro y también conocían el amor que en ese momento enseñaba a los demás. Quizá habían sido objetos de su bondad divina y ahora se dedican a pregonar la gran novedad del amor de Dios. Ha sido tan grande su experiencia y es tan grande la felicidad que han sacado de ella, que se dedican a comunicarla a los demás y a tratar de hacerla partícipe al mayor número de personas posibles. Es tan grande su deseo de transmitirla que rompen el techo de la casa para que un hombre más goce de la felicidad que da ser blanco del amor divino.

Así debemos hacer cada uno de nosotros en nuestras vidas: Esforzarnos por conocer profundamente a Cristo, para transmitirlo al mayor número de personas posible, por encima del cansancio o del sacrificio que ello pueda implicar. La verdadera felicidad de muchas personas depende de nuestro mensaje. No lo reservemos para nosotros mismos.

Señor Jesús, sólo Tú puedes devolver a nuestras vidas el estado de gracia. Sólo Tú curas nuestras heridas con el bálsamo de tu amor. ¡Qué afortunados somos, pues no tenemos que desmantelar tejados para obtener tu perdón! Nosotros mismos podemos acudir sin que nadie tenga que llevarnos…

21 de Junio

Un contagio que salva…

Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio». Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes. (Mc 1,40-45)

El Evangelio nos presenta una vez más a uno de esos hombres que se acercó a Jesús para que le curase. Como los demás, reconoció en Cristo al Salvador. Pasó por su vida y creyó en Él como en él único que podía remediar sus males. En esta ocasión se trata de un leproso. Para Jesús el caso no presentaba novedad. Lo que sí impresiona es que el leproso se expresa en unos términos inauditos: “Si quieres, puedes curarme”. ¿Sería posible que Cristo no quisiese? Si así sucediera estaríamos perdidos. Fuera de Cristo, ¿dónde puede encontrarse la salud?

El leproso no se presentó con su petición con las torcidas intenciones de los fariseos. “Tú puedes curarme, porque todo te es posible. Si no me curas es porque no quieres. Si no quieres no eres bueno. Y si no eres bueno, ¿cómo haces milagros? Con el poder de los demonios…” Nada de esto. Él conoce a Cristo, profundamente. Sabe lo que hay en su corazón. Por eso se arrodilla. Por eso dice “si quieres”. Porque cree plenamente en que Cristo le ama. ¿Creemos nosotros esto? De nuestra confianza depende nuestra curación.

“Señor, si quieres, puedes limpiarme…” Jesús, sintiendo lástima; extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero: queda limpio”. La compasión de Jesús, que se da completamente, se involucra en el dolor y la necesidad de la gente… simplemente, porque Él sabe y quiere padecer con, porque tiene un corazón que no se avergüenza de tener compasión.

“No podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado”. Esto significa que, además de curar al leproso, Jesús ha tomado sobre sí la marginación que la ley de Moisés imponía. Jesús no tiene miedo del riesgo que supone asumir el sufrimiento de otro, pero paga el precio con todas las consecuencias.

La compasión lleva a Jesús a actuar concretamente: a reintegrar al marginado. Y éstos son los conceptos claves que la Iglesia nos propone hoy en este pasaje: la compasión de Jesús ante la marginación y su voluntad de integración.

Señor, tenemos necesidad de un nuevo contagio de tu amor, a fin de difundirlo y manifestarlo. Demasiadas clasificaciones y demasiados «distingos» nos enredan el corazón y la mente. Concédenos el valor de acercarnos y «tocar» la lepra de las nuevas pobrezas que envilecen nuestra opulenta sociedad, sin miedo de quedar infectados, porque, cuando se es puro, todo es puro. Tendremos la alegría de descubrir que bajo los despojos del marginado, del anciano, del desocupado, del extracomunitario, del pobre, del pequeño, te escondes Tú, que vas mendigando nuestra atención y nuestra sensibilidad, para hacer que estemos atentos a los otros, menos replegados en nosotros mismos, proyectados en la alegría de continuar tu maravilloso contagio.

Jesús, ¡cuánto podrías hacer conmigo si me dejara transformar por Ti! ¡Sería un instrumento que Tú podrías usar para comunicar a los hombres tus tesoros y tus gracias! Jesús, ayúdame a vivir tu Evangelio y a sentir el apremio de cumplir con tu mandato misionero.

20 de Junio

Una mano para volver a ponerse de pie…

Al salir de la sinagoga, Jesús se fue inmediatamente a casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Le hablaron en seguida de ella, y Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. La fiebre le desapareció y se puso a servirles. Al atardecer, cuando ya se había puesto el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Él curó entonces a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero a éstos no los dejaba hablar, pues sabían quién era. Muy de madrugada, antes del amanecer, se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca. Cuando lo encontraron, le dijeron: “Todos te buscan”. Jesús les contestó: “Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para esto he venido”. Y se fue a predicar en sus sinagogas por toda Galilea, expulsando los demonios. (Mc 1,29-39)

La predicación de Jesús en Galilea va acompañada de la nota de exorcismos: entre los muchos milagros que realiza Jesús, el evangelista da prioridad a la victoria sobre Satanás, porque es particularmente emblemática.

De modo semejante, en el resumen, junto al genérico “cura entonces a muchos enfermos de diversos males”, se añade de una manera explícita: “y expulsó a muchos demonios».

La primera parte se ocupa de la curación de la suegra de Pedro. Habría que preguntarse por qué Marcos eligió un milagro aparentemente modesto. En efecto, la curación de la suegra de Simón, no solo por la brevedad, sino también por su escueta presentación, parece una intervención de poco relieve. Sin embargo, si la leemos en el conjunto y, mejor aún, en la economía del comienzo del evangelio de Marcos, entonces la victoria sobre Satanás merece ocupar las primeras páginas.

Existe otro motivo que hace agradable y hasta simpático este milagro de curación. Jesús no tiene miedo a tender una mano amiga que ayuda a una mujer a volver a ponerse en pie. No pasa desapercibido el verbo griego usado por Marcos, que se distingue netamente tanto de Mateo como de Lucas: mientras que estos no hacen referencia a la mano, y mientras que Mateo emplea el termino más genérico de «tocar», Marcos se sirve del verbo «coger», casi como una aprehensión fuerte que arranca a la mujer de su posición de enferma y la pone en pie. Su servicio se convierte en la respuesta operativa a un gesto de amor y de solidaridad. El Señor Jesús coge la mano y vuelve a poner en pie.

La expresión popular “te voy a echar una mano” esconde muchas veces un exquisito sentimiento de solidaridad y, no rara vez, de amistad genuina. Es muy bello oír que nos lo dicen, porque significa que alguien se interesa por nosotros y de este modo se supera el miedo a estar solos y abandonados. Jesús no dice esta frase, pero realiza el gesto que es su equivalente. Tiende a la mujer enferma una mano amiga y, lo que es más, la toma y la estrecha, como si ya no la quisiera dejar. Este gesto, mucho más que un sentimiento de soledad superada, crea una comunión de horizontes y hace entrar a la mujer en la vitalidad de Jesús: su vida pasa a la mujer, que responde con el precioso gesto del servicio, una diaconía de la gratitud, a cambio de un amor que la ha vuelto a poner en pie, en el circuito de la vida.

Se tiende la mano a quien necesita algo material, pero también a quien se encuentra en un sufrimiento moral. Se trata de «echar una mano», de ofrecer nuevos motivos de esperanza, de volver a poner en pie a una persona, de liberarla de las trabas del pasado y restituirle, si fuera el caso, un futuro.

Tanto en uno como en otro caso, se trata de atesorar las múltiples ocasiones de restituir un atisbo de esperanza, de proporcionar una alegría que inunda el corazón, de proponer una nota de sano optimismo: es la mano tendida del Señor que restituye la vida; es también la mano que estamos dispuestos a tender, imitando a Cristo, y a ofrecer al prójimo con el que nos cruzamos todos los días.

Señor Jesús, es bello recordar que volviste a poner en pie a personas aplastadas por el sufrimiento y postradas a causa de sus problemas. Es todavía más bello experimentar tu presencia salvífica en nuestro tiempo y en nuestra vida. Leemos los episodios evangélicos para reflejarnos y volver a encontrar nuestra existencia: cuántas veces habrás pasado junto a nosotros en la persona de algún amigo que, poniéndonos la mano en el hombro, nos ha animado a continuar, nos ha abierto atisbos de esperanza en el nublado de nuestra desesperación o incluso en la miopía de nuestra perspectiva. Gracias, Señor, por continuar pasando a nuestro lado. Gracias también porque nos haces experimentar la belleza del sentido del “tocar” cuando se llena de evangelio…

19 de Junio

Una palabra poderosa…

Llegaron a Cafarnaún y, cuando llegó el sábado, entró en la sinagoga y se puso a enseñar a la gente, que estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad, y no como los maestros de la Ley. Había en la sinagoga un hombre con espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!” Jesús lo increpó diciendo: “¡Cállate y sal de ese hombre!” El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva llena de autoridad! ¡Manda incluso a los espíritus inmundos y éstos le obedecen!” Pronto se extendió su fama por todas partes, en toda la región de Galilea. (Mc 1,21-28)

Después de haber llamado a los primeros discípulos, Jesús empieza su vida en medio de la gente. Y su éxito es inmediato. La actividad de enseñar es propia del Maestro. Por otra parte, la expresión, «se puso a enseñar», denota una acción prolongada, como para recordar la plena dedicación a esta actividad. Es preciso, recorrer con el Maestro todo el camino que ha elegido, estar junto a Él, y sólo entonces será posible entrar en posesión de su mensaje. Es más, ya podemos decir que el contenido de su mensaje es su misma persona, que debemos acoger y seguir como hicieron los primeros discípulos. Los oyentes están admirados por la clara diferencia con la que el Maestro de Nazaret se distingue de los otros maestros: éstos hablan basándose en la autoridad de otros, y Jesús habla con su propia autoridad. Su palabra se impone por sí misma, porque es capaz de liberar luz para la inteligencia, calor para el corazón y vigor para la vida. Se trata de una palabra poderosa, capaz de producir lo que dice. Se comprende bien por lo que sigue. Las palabras de Jesús provocan una fuerte reacción en un hombre poseído por un espíritu inmundo.

«Espíritu inmundo» (o bien «impuro») es una expresión bíblica usada frecuentemente para referirse a un demonio. Se le llama «inmundo» porque su influjo se opone a la santidad de Dios y de su pueblo. En el caso que nos ocupa, reacciona a la santidad de Jesús gritando: «¿Qué tenemos nosotros que ver contigo?» Queda claro inmediatamente que entre Jesús y el espíritu inmundo no existe ningún vínculo, aunque el conocimiento que este último tiene del Maestro es óptimo. Entre esta santidad y la condición de impureza no puede haber ninguna relación, a no ser la de un fuerte antagonismo que llega a la anulación del otro: «Has venido a destruirnos». Se puede percibir claramente que la presencia de Jesús asegura la victoria del bien sobre el mal. Satanás es el perdedor. Debe abandonar la presa que hizo suya al apoderarse de aquel hombre y unirle a él con este extraño plural: “¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?” Podríamos pensar que se emplea el plural porque se incluye a otros demonios, pero tal vez sea mejor leerlo como englobando también al hombre poseído, víctima del demonio. En este punto, la palabra que antes había suscitado tanta admiración toma la fuerza de un mandato compuesto de dos partes: «¡Cállate y sal de ese hombre!». El poder creativo de la Palabra de Jesús le devuelve la salud al hombre y le hace nuevo, liberado ahora de la posesión demoniaca.

Nace un vivo interés por la persona de Jesús, que ha realizado la obra prodigiosa de la liberación de un endemoniado. Ya no es posible bloquear una fama que se difunde rápidamente. El comienzo de la actividad de Jesús está marcado por un acontecimiento clamoroso. Será importante conservar el asombro por su palabra y, sobre todo, por su persona.

Jesús, Palabra divina hecha carne, te pedimos que abras nuestro entendimiento a la luz de tu Palabra, escuchada, acogida… y por fin vivida. Concédenos sintonizar, en el tumulto de muchas palabras, con la tuya, que es Palabra de vida eterna. De este modo nos veremos iluminados y fortalecidos para que tu Palabra escuchada se convierta en un fragmento de vida, en una voz que se une al coro de los que te escuchan y quieren vivir de tu enseñanza. Amen.

18 de Junio

“…todo lo que pidáis con Fe en la oración lo obtendréis”

Por la mañana temprano, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre. Vio una higuera junto al camino, se acercó a ella y, al no encontrar más que hojas, le dijo: “Que nunca más brote de ti fruto alguno”. Y la higuera se secó en el acto. Al ver esto, los discípulos se quedaron admirados y se preguntaban: “¿Cómo es que la higuera se secó en el acto?” Jesús les respondió: “Os aseguro que si tenéis fe y no dudáis, no solo haréis lo de la higuera, sino que, si decís a este monte: «QuÍtate de ahí y arrójate al mar», sucederá así. Y todo lo que pidáis con Fe en la oración lo obtendréis”. Jesús entró en el templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo y le dijeron: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado esa autoridad?” Jesús les respondió: “También yo os voy a hacer una pregunta. Si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto. ¿El bautismo de Juan, de donde venía, de Dios o de los hombres?” Ellos discutían entre si y comentaban: “Si decimos que de Dios, nos dirá: ¿Por qué no le creísteis? Y si decimos que, de los hombres, hay que temer a la gente, porque todos piensan que Juan era un profeta”. Así que respondieron a Jesús: “No sabemos”. Entonces Jesús les dijo: “Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas”. (Mt 21,18-27)

Nos encontramos hoy con el único milagro “negativo” de Jesús que hay que contemplar con un sentido profético. El poder de Jesús puesto al servicio de una destrucción o maldición. La esterilidad del árbol representa la infidelidad del pueblo elegido, que, aunque había sido cuidado de una manera tan amorosa, defraudó las expectativas de Dios. El gesto profético contra la higuera es, de todos modos, un mensaje dirigido por Jesús no sólo a Israel, sino también a su Iglesia, una llamada a no contentarse con la apariencia del follaje, sino a reconocer en Jesús el fruto enviado por el Padre.

La advertencia se dirige asimismo a los discípulos y a cada uno de nosotros: «Todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego» (Mt 7,19). El gesto y la Palabra de Jesús nos llaman, por tanto, a vivir en una actitud de fe plena para ser fecundos. El signo primero y principal de esa fe es la oración perseverante y confiada, que se fundamenta en la certeza de obtener todo cuanto pide según la voluntad del Padre.

El Evangelio no deja nunca de sorprendernos. Hoy Jesús, viajero madrugador, se detiene con mucha hambre ante una higuera y busca algo con que saciar su hambre. Allí está la higuera, lozana de hojas. Pero el Señor no encuentra frutos. Él está frente a nosotros -porque se trata de nosotros- con la humilde condición de quien está necesitado. Quisiera encontrar algo que le pudiera ser agradable, pero nosotros, con toda nuestra “buena” apariencia, no le ofrecemos precisamente nada…

«Que nunca más brote de ti fruto alguno»: estas palabras, más penetrantes que una espada de doble filo, se revelan aún, a la luz de la pasión, como palabras de amor y no de castigo, como palabras que llevan a cabo un «cambio maravilloso»: asumen nuestra esterilidad radical y nos ofrecen el fruto de la eterna fecundidad. El Señor -que «hiere, pero venda la herida; golpea, pero cura con su mano» (Job 5,18)- nos indica el camino para salir de nuestra miseria: la fe que se convierte en oración confiada e incesante. La petición de un corazón creyente nunca quedará defraudada. ¿Qué podríamos pedir, por tanto, sino permanecer siempre en Él, en su amor, y ser discípulos suyos, para dar frutos en abundancia y dar gloria al Padre?

Oh Padre, Tú que enviaste a Jesús como fruto santo de tu viña, haz que, viviendo unidos estrechamente a Él, como los sarmientos a la cepa, también nosotros demos frutos de salvación para todos los hermanos y obtengamos todo cuanto te pedimos con fe en la oración, a fin de que nuestra alegría sea completa. Amen.

17 de Junio

“Mi casa es casa de oración…”

Jesús entró en el templo y echó a todos los que estaban allí vendiendo y comprando, volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían las palomas. Y les dijo: “Está escrito: Mi casa es casa de oración, pero vosotros la convertís en cueva de ladrones”. Algunos ciegos y cojos se acercaron a Jesús en el templo y Él los curó. Pero los jefes de los sacerdotes y maestros de la ley, al ver los prodigios realizados y a los niños que aclamaban en el templo: «¡Hosanna al hijo de David!», se indignaron y le dijeron: “¿No oyes lo que están diciendo?” Jesús les respondió: “Sí. ¿Es que nunca habéis leído ese pasaje de la Escritura que dice: De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza?” Y dejándolos, salió fuera de la ciudad y fue a Betania, donde pasó la noche. (Mt 21,12-17)

Nos encontramos con la escena de la purificación del templo, se nota la misma dualidad trágica que anteriormente se había producido en la entrada en Jerusalén. Jesús entra con autoridad en el templo y lo purifica, cumpliendo también en este caso la palabra de los profetas, y suscitando una fuerte tensión entre los judíos; su acción, sin embargo, no se limita a esto; inmediatamente “se acercan” a Él algunos ciegos y cojos -es decir, los excluidos de la zona sagrada a causa de su minusvalía- y Él, en vez de marginarlos, “se detiene” junto a ellos y los cura, revelándose así como el Mesías «bondadoso» que libera a los oprimidos, sana a los enfermos y es aclamado por los pequeños.

Hay momentos -y podría ser ahora- en los que Jesús, queriendo cumplir la misión que le había confiado el Padre, viene a tomar posesión de nosotros, su ciudad santa. No se presenta con poder o con suntuosidad, pero avanza decidido. Dichosos nosotros si somos capaces de “reconocerle” y aclamarle: “Jesús, ten piedad de mí y sálvame”. Jesús entra hasta el fondo de nuestro corazón y desea quitar todo lo que le impide ser templo del Espíritu y casa de oración para su Padre.

¡Cuántos apegos desordenados, cuántos afectos mal dispuestos, cuántos regateos aceptamos!… Nosotros que por el bautismo no pertenecemos sino a Cristo, deberíamos tender a lo que es esencial, a la unificación interior, a la sencillez; en una palabra: deberíamos desear únicamente amar a Dios con todo nuestro corazón y todas nuestras fuerzas, y amar a las criaturas solo en Él y por Él, solo con espíritu de humilde servicio y no por ansia de poder o de placer.

Acojamos sin temor a Jesús como Señor absoluto de nuestro corazón y dejemos que, con el poder de su Espíritu, nos consagre de nuevo totalmente a Él. Sin sus visitas de gracia ni siquiera nos daríamos cuenta de que mucho de lo que nos parece dirigido a su gloria no sirve, en realidad, más que para hacer un gran mercado dentro de nosotros. No nos sustraigamos a todo lo que puede iluminar dentro de nosotros y ofrezcamos el criterio adecuado de discernimiento. No es preciso esperar acontecimientos extraordinarios: el evangelio, leído y meditado a diario, es visita de gracia, como también lo son los sacramentos de la reconciliación y, en grado máximo, el de la eucaristía. Si bien la purificación es -y no puede ser de otro modo- dolorosa, solo el corazón purificado conoce la alegría pura de la infancia espiritual, la mirada transparente y limpia que nos hace gritar con alegría: “Sálvanos, Oh Hijo de David… !Sálvanos!”.

Señor Jesús, Tú, nuestro Rey, vienes a nosotros desde lejos con humildad y mansedumbre; llénanos de tu Santo Espíritu, a fin de que, haciéndonos pequeños y pobres, salgamos festivos a tu encuentro y te abramos las puertas de nuestro corazón para poder permanecer, silenciosamente, en comunión contigo y escuchar lo que quieres decirnos. Que no te detengan las barreras levantadas por nuestro orgullo, sino derríbalas -como sabes y con los medios que conoces- sin temor, para que no se nos niegue -aunque seamos pecadores- la alegría de convertirnos en verdadero templo de tu presencia, en el que entrar en comunión plena y perfecta con el Padre, que te envió a sanar nuestras dolencias y a convertimos en un pueblo santo. Amen.

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